La historia del gordo cazador en una gran misión en un mundo lógicamente fantasioso
Capítulo 5: Desastres
Los gallos no cantaron, estaban cansados todavía y se escondían de los rayos de sol, el resto de aves se escabullía volando de la zona; el fortín vivió toda la noche en un constante murmullo de quejas y de guardias que de un lado a otro vigilaban toda la cerca, y la gran causa de todo ello el irritante e intermitente cuerno de los centauros. Solo siete personas en el interior fortín consiguieron dormir plácidamente: los cinco presos de los calabozos totalmente incomunicados con el exterior y los dos hermanos, Dante y Hanniah. El gordo parecía haber sido depositado sobre la barra de la taberna. El taburete bajo su enorme trasero se balanceaba continuamente, puesto que el respirar hinchaba su barriga y esta ejercía presión contra el mueble del bar. Los ronquidos no eran molestia para el dueño que por la ventana discutía de la situación con sus vecinos. Hanniah en cambio estaba en una de las habitaciones de la única construcción de piedra del lugar, había convencido al esclavo para hablar con el dirigente y que permitiera que la pobre mujer embarazada descansara tras el secuestro en sus aposentos. La cínica mujer reposó como jamás lo había hecho, porque pese que había catado alguna de esas camas de pluma de oca nunca tuvo la oportunidad de dormir en ellas. El tacto de las sábanas era tan suave, la forma en que se hundía que le hacía sentirse como una fresa en un pastel de nata, todo contribuyendo a su perfecto sueño.
El resto de componentes del grupo se había dividido intentando conseguir objetivos altruistas a los ojos de los demás –“una pérdida de tiempo” es como lo hubiesen considerado los hermanos de estar despiertos–. Arnaldo andaba calmando a la gente que rodeaba a los niños insultándoles, el esclavo trataba de conseguir llegar a algún acuerdo con el dirigente del fortín para que no les entregasen a los centauros, Linny seguía fuera haciendo sus trucos y manteniéndose en pie como podía y Drött, Drött cargaba con la dura tarea de cuidar y vigilar a los caballos puesto que nadie le veía capaz de hacer algo de mayor envergadura. A ninguno de ellos le iba bien con su tarea: el odio hacia los chicos era incontrolable, ni siquiera el atractivo de Arnaldo despistaba a las mujeres del lugar; el esclavo no conseguía hacerse notar dado que por su condición nadie quería escucharle esta vez, y Drött recibió unos cuantos golpes de los caballos, nerviosos por el alboroto que les rodeaba. Respecto a Linny, ella aguantaba con determinación frente al portón. Metía su cabeza continuamente dentro de su bolsa y cuando la sacaba, después de una clara y fuerte inspiración, su cara se veía enérgica, como la que tenían los chavales al escapar del infierno en llamas del seminario. Gritaba de vez en cuando, sin darse cuenta no sabía el idioma en el que amenazaba a los centauros. A decir verdad no le importaba si la entendían o no, ella solo quería sentirse fuerte, imponente, como una hada, una musa, … no para ella era aún más divertido pensar que era como una diosa que les podía castigar cuando quisiera. Tuvo la intención de parecer aun más poderosa y aprovechando uno de los botes de cristal que había roto y un rollo de papiro creo una especie de artilugio que ayudaba a que sus gritos aumentasen en intensidad, era tal la fuerza del ultimo de estos que Hanniah y Dante despertaron. Ya solo dormían cinco personas en el fortín.
–¡Maldita zorra!
La sutil queja de Hanniah asustó a las criadas que estaban en la habitación limpiando en silencio.
–Espero que no suene así en la cama...
Los ojos del camarero al ver a Dante despierto y musitando tonterías se abrieron de pura curiosidad y de alegría. El gasto del cazador durante la noche le había convertido ya en su mejor cliente.
–¡Nunca se puede descansar en paz! A este paso saldrá el niño antes de tiempo... –mientras lo decía se dio cuenta que las criadas la miraban perplejas–. Esto tiene que ir perfecto, así seré también vuestra jefa –comentó en voz alta mientras se acariciaba la barriga.
–No me puedo creer que los centauros sigan dando vueltas por allí.
El camarero se le acercó con una jarra bien llena de cerveza.
–Ghestur debe estar durmiendo y todo. Si no es que se ha escapado... –levantó al fin la vista para ver como el camarero le ofrecía la jarra con una sonrisa interesada–, siempre se escabulle cuando las cosas no funcionan como él quiere.
Hanniah se bajó el camisón que le habían ofrecido y desnuda se dirigió al baño, mirando con soberbia a las criadas e indicándoles con un movimiento orgulloso de cabeza que se dirigieran a por agua caliente. Cuando habían llenado la bañera entró cuidadosamente en el agua y se posicionó para recibir los pertinentes cuidados. Disfrutó como nunca del que estaba siendo el mejor baño de su vida. Las manos de esas mujeres tenían una evidente experiencia a la hora de masajear cualquier parte del cuerpo.
Dante intentaba hablar con el camarero, hacerse el interesante pero vio como se iba a la ventana de nuevo para hablar con los vecinos. Miró hacia la jarra que tenía en sus manos y se la puso en la boca. En el paladar pudo comprobar como la habían mezclado, aguado y decidió que ese era el momento idóneo para empezar a moverse un poco y buscar a sus compañeros. Intentó levantarse en tres actos, en el primero los hombros que apenas se habían movido al ingerir la cerveza aguada; luego mover su hinchada barriga (más de lo normal a causa de la cerveza), y finalmente su culo, con cautela para no tirar el taburete, sin embargo no consiguió el ultimo objetivo y el estruendo llamó la atención del camarero.
–Siempre se me olvida levantar el ánimo–, siguió el estúpido comentario con una risa tan endeble como falsa.
Alguien irrumpió en los aposentos mientras Hanniah recibía el baño. Era un hombre de muy buen ver, con unos ojos profundamente oscuros y unos dientes ligeramente afilados dejados a la vista por su actitud agresiva y los gritos que blandía contra todos los allí presentes.
–¿¡Qué hace esa mujer todavía aquí dentro!?
Dante se encontró con el camarero encima. Había saltado la barra ágil y se había postrado frente a él, con una expresión en la cara que bailaba entre la rabia y la tristeza. Lo único que mantenía sus rostros a una cierta distancia era la decrépita forma física del cazador.
–La taberna esta cerrada por lo que habéis provocado, ¿no estarás pensando en irte sin gastar un poco más?
Dante le miró aterrorizado.
–Solo... –, su voz titubeaba–, una jarra más.
–¡Perfecto! –gritó como loco con gran alegría–. ¡Una buena jarra de la mejor cerveza de la casa!
El camarero giró sobre sus pies, colocó el taburete como debía invitando a Dante a sentarse y con total naturalidad sirvió otra jarra de cerveza.
–Podría resolver toda esta situación en media hora si me permitieses salir.
–¡Claro! –contestó el camarero con una carga irónica considerable.
–Conozco a Ghestur personalmente y sé lo que busca. Si se escapa por temor a una lucha no habrá manera de negociar con los centauros.
–¡Toma! Sorbe un poco y dime si no es la mejor cerveza que has probado. Estoy seguro que te gustará tanto que me pedirás otra luego.
La hermana de Dante gozaba viendo la discusión que había provocado entre las criadas y ese hombre tan atractivo. No era el dirigente, al dirigente lo había visto hablar con el esclavo. Este parecía ser uno de los grados militares, un hombre con la espalda en plena rectitud, los hombros anchos y un pecho prominente que se hinchaba antes de cada grito. Pero lo que más le gustaba a Hanniah de esos hombres era su trasero, se veía siempre más cargado por el arqueo de las piernas, consecuencia de las horas que pasaban montando a caballo, le encantaba la firme su redondez. Siempre había deseado acostarse con un hombre así, pero jamás lo había intentado. Ella se lanzaba hacia los nobles no a sus guardias. Nunca le gustó apuntar bajo.
–Acabamos de enterarnos que formaba parte del grupo que ha provocado el incendio y se ha traído a los centauros.
–¡Me tenían secuestrada! –Hanniah fue rápida buscando la excusa y desarrollándola–. Me querían utilizar para que me violaran los centauros. A esos seres les encantan las perversiones. Querían quedarse a los niños pese a perder su poder con los sacerdotes para hacerles todo tipo de horrendas...–Hanniah cortó intencionadamente falseando algunas lágrimas.
–El esclavo ha intentado convencernos de no devolver a los niños.
–¿¡Pero qué demonios se cree ese inútil!? –tuvieron que agarrar a la mujer entre todas las criadas para evitar que se fuera corriendo desnuda por el pasillo–. ¡SOLTADME! ¡Me estafaron con ese hijo de la gran puta!
El militar mandó con un sutil gesto que la soltaran y cuando ella se creía libre le dio en las mejillas con el revés de la mano.
–No te creas mejor que él.
–¡Es solo un esclavo!
–¡Qué poca vista que tienes!
Hanniah se quedó callada, con el puño en alto. El hombre la miraba con ojos condescendientes, notaba incluso algo más en la mirada, en el rabillo del ojo, un brillo que jamás había presenciado. Estaba segura de lo que significaba, pero no sabría describirlo ni actuar en consecuencia. De repente sonó el cuerno de nuevo y el hombre se despistó, momento en el que Hanniah notó que aquello era compasión; no, era peor que la compasión, era pena.
–¿Cómo puedo ser tan estúpida? –esta vez las lagrimas parecían reales.
–¿¡Eh!? –el hombre la miró extrañado–, ¿qué ocurre?
–Tienes razón, es más de lo que parece. Y yo... yo jamás he sido nada. Solo lo intento...
El hombre se acercó más a ella y estaba dispuesto a acariciar su cabeza cuando la mujer le agarró la mano y apunto de acercarse a sus labios le agarró de la entrepierna y le retorció las partes nobles hasta que cayó al suelo. Acto seguido salió corriendo por los pasillos.
Dante había conseguido acabarse dos jarras más y empezaba a notar como su cabeza era incapaz de guiar sus piernas correctamente. No podía seguir bebiendo allí dentro o caería dormido de nuevo, tenía una labor importante que acometer. Pero su cuerpo se lo impedía. Así que hizo un último esfuerzo para tratar con el camarero y levantándose del taburete se dirigió a este que seguía cotorreando por la ventana y le dijo que el dinero estaba en la barra. El camarero se giró furioso tal y como Dante lo había imaginado así que aprovechó el giro de este para darle un golpe con la jarra en la frente. Ambos se quedaron atónitos unos segundos, el camarero entonces reaccionó rápido y le dio un puñetazo en el estomago inconsciente de que esa zona estaba protegida por la grasa. Dante aprovechó para darle otro golpe con la jarra en la cabeza. Y luego otro golpe más en el que el cristal empezó a resquebrajarse, pero el camarero seguía buscando como darle a Dante en el torso para que le doliera. El cazador harto de que no perdiera el conocimiento le dejó un pequeño saco con monedas de oro y le pidió que se olvidara de lo sucedido.
Consiguió salir del bar y al fin se dedicó a conocer la situación, solo tuvo que torcer el edificio para ver que en la plaza central estaba Arnaldo con los niños a los que la gente quería apedrear. Dante pasó por delante sin mirarle siquiera, conocía de sobras la situación. Él estaba allí porque creyeron que su atractivo funcionaría a la hora de entretener a las mujeres. Pero Dante ya había tratado con la gente de la zona en otras ocasiones y tenía a su favor información que los demás desconocían. Los hombres del fortín crearon la empalizada y vigilaban no por tratarse de algún punto estratégico, por protegerse de esos estúpidos centauros y mucho menos por ser una avanzada ya que estaba en medio del reino, se trataba de sus celos. No querían que sus mujeres salieran de ese lugar y por ello las mantenían encerradas, apenas dejaban entrar caballeros o gente de buen ver, es por ello que Dante los había conocido bien. Así que el plan de usar a Arnaldo solo iba a conseguir el efecto contrario al deseado y es por ello que el cazador ni se dignó a entrometerse, puesto que a él los niños no le importaban nada. Solo tenía en su mente el huir de aquel lugar.
Hanniah se resbaló justo enfrente del dirigente. Sus guardaespaldas la apartaron empujándola con el pie. Ella cabreada se levantó orgullosa y provocó una surrealista y sorprendente pelea. Con una precisa patada en la espinilla dejó a uno de los dos temporalmente en el suelo, el otro seguía de espalda y antes de que pudiese darse la vuelta le atizó en los gemelos, cosa que provocó la siguiente caída. Los dos en el suelo se complementaron al coger los tobillos de Hanniah y abrirla de piernas. Ella no esperaba tal acción pero usó sus codos en la caída para clavarlos en la cara de uno de los dos guardias. Este empezó a sollozar como un niño mientras el otro tiró de la mujer para intentar asestarle un puñetazo entre las piernas. Hanniah tuvo que contener la risa que le provocaba el llanto del soldado al notar un patoso intento de atacar sus zonas íntimas. La mujer se acercó y le escupió en los ojos. Con el hombre cegado intentó levantarse, ardua tarea en su avanzado estado. Finalmente el dirigente decidió acabar con tan deplorable lucha y clavó con fuerza su espada entre los contrincantes.
Por el pasillo se oían los gritos del militar al que había dejado por los suelos –una reciente costumbre– que avanzaba raudo con una espada en la mano. El dirigente se quedó perplejo. Hanniah agarró la espada que había clavado este, primero para poder levantarse y luego para protegerse de la ira del militar. Pese a la falta de habilidad, técnica, fuerza, gracia y destreza de Hanniah fue capaz de soportar la carga de su oponente en unas cuantas ocasiones. Las suficientes para que un grito inquisitivo fuese cargado y lanzado con una potencia capaz de soterrar el barullo del fortín al completo. Ambos combatientes fijaron la vista en él, Hanniah le admiraba y el militar no tardó en darse cuenta de su error y se puso firme.
–Su nobleza, disculpe mi genio. Siempre he resultado ser demasiado vehemente.
El militar se acercó al noble con un aire adolescente, temeroso de las contestaciones que pudiese darle y se inclinó antes de ser capaz de explicar lo sucedido.
–Esta mujer estaba aprovechándose de su generosidad. Nos mintió desde el principio sobre su relación con los que instigaron a los centauros –hizo una breve pausa con la que trató de aclarar su garganta–. Es la hermana de Dante.
Esta última afirmación provocó una gran curiosidad en el noble, quien se dedicó a examinar a Hanniah.
–Sería descortés por mi parte no presentarme ante la hermana de tal leyenda.
–¿Leyenda?
–Claro, de él vino la idea de dar a los más jóvenes a los centauros para que pactasen con los cleros.
–¿Suya?
–Fue un plan perfecto porque las mujeres seguían atendiéndonos exclusivamente.
La mujer no era capaz de comprender de que le hablaban, estaba en un estado casi catatónico.
Dante había dado una vuelta por debajo de la empalizada, recordaba donde había una salida. Un pequeño recoveco, detrás de la alfalfa de los caballos en el que uno podía colarse con una cierta facilidad. Incluso con su complexión había usado la trampilla varias veces. Esta vez le costó encontrarla, de hecho le sorprendió el estado de la zona trasera de los establos, toda la alfalfa estaba desparramada, los barriles de agua por los suelos, parecía que estuviesen en guerra pero los caballos seguían rechinando en el interior, por tanto los soldados no habían salido a luchar. Miró por una rendija de la empalizada para comprobar que Linny seguía fuera completamente sola. Aunque la chica empezaba a mostrarse, distinta... cansada no, puesto que parecía que se moviese con ganas de bailar. Se oyó el trote nervioso de varios caballos, Dante curioso se acercó al lugar de donde provenía, al otro lado del establo. De repente unos caballos salieron lanzados hacia él que los tuvo que esquivar lanzándose contra la pared. Tras los equinos apareció Arnaldo sudado y afónico. Dante no se sorprendió aunque ello dificultaría el final de su simple plan.
Al fin consiguió encontrar la trampilla, aunque se dio de cabeza, algo que junto al chichón provocado por el accidente con los caballos le hizo quedarse con la cara en la tierra unos segundos mientras recuperaba el aliento. Gateó unos metros evitando caer en el foso. Cuando estuvo apunto de perder el portón de vista se fijó en Linny. La joven ahora daba vueltas con los brazos al aire, como si estuviese recibiendo una fresca lluvia en verano, daba vueltas y gritaba tonterías mientras reía. Fue entonces cuando el infortunio se adueñó de la escasa concentración de Dante. Un tropiezo tan corriente como simple de Linny hizo que este empezara a reír a carcajadas.
El sonido de sus risas se escampó por todos lados y fue entonces cuando los guardas le descubrieron. Tardaron solo un instante en reconocerle y abrir la puerta para salir en su búsqueda. Dante intentó correr pero cayó de lleno en el foso donde no les fue nada difícil atraparle. Linny seguía danzando, parecía ebria. No paraba de gritar e incluso de cantar en idiomas incomprensibles y Dante se quedó ensimismado viendo como había perdido el control mientras a él le arrastraban hacia el interior del fortín. Antes de que se dispusieran a cerrar las puertas aparecieron los centauros de entre los árboles y fueron corriendo a por Linny. Se oyeron varios gritos y los sonidos de una dura pelea, la gente que miraba por el muro se asombraba y se asustaban. Dante no era capaz de adivinar si a la chica le estaba yendo bien. Se puso nervioso.
–¿Era necesario encerrarme?
La mirada de Hanniah asustaba a todos los guardas.
–A mi me gustaría ahorcarte pero no me permiten elegir los castigos de los criminales.
–Encima que os estamos ayudando a acabar con esos depravados...
–¡Vosotros los habéis traído hasta aquí! Nos hemos enterado a través de un informante que provocasteis el incendio cerca del seminario.
–Un accidente sin importancia que todavía podemos solventar.
El militar dejó de escuchar y se fue de los calabozos. La mujer se dio cuenta de que los otros presos la miraban lascivamente.
–No vais a disfrutar jamás de más que de los agujeros húmedos de estas paredes.
Acto seguido los presos empezaron a golpear cabreados contra los barrotes y empezaron a lanzarle todo tipo de objetos y ropajes a Hanniah.
–¡Entra de una puta vez!
–Dejadme explicar que estaba haciendo...
–¡Qué entres!
–Solo intentaba hablar con Ghestur.
–Ni se de quién hablas ni me interesa.
De repente consiguió el guarda que Dante abriese la puerta, con su propia cabeza.
–¡Traed a Marcos!
–Está ocupado con todo esto.
–La chica no va a durar mucho y necesitáis mi ayuda.
Echaron a Dante junto a Hanniah.
–¿Qué haces tu aquí? –preguntó Dante.
–Ver como todo se va al traste...
–Siempre tan positiva. Ahora en serio –, meditó la pregunta de nuevo–, ¿qué haces aquí?
Hanniah le miró con desprecio y prefirió girar la vista. Ella notó como su hermano la seguía mirando esperando una respuesta.
–¡Vete a molestar a otra!
–Si pudiese no te molestaría nunca...
En ese momento entró el dirigente de nuevo, Dante lo llamó por su nombre y Hanniah se quedó estupefacta al ver que casi se abrazaron a través de los barrotes.
–No quiero creerme lo que me han contado los guardas. ¿Qué es lo que intentabas hacer? –la mirada de Marcos sobre Dante era fija y protectora, parecía un hermano mayor al que le habían decepcionado.
–Quería hablar con Ghestur, es la única forma de tratar con esos estúpidos degenerados.
–Eso me lo puedo creer, pero... ¿cuales eran las intenciones de tu hermana?
Discutieron durante un tiempo, Hanniah se mantuvo al margen al ver que Dante conseguía convencerlo de cualquier cosa. Viendo los antecedentes, Marcos debía considerar a su hermano como alguien sabio e influyente, puede que gracias a ello consiguieran salir de esa situación. Poco a poco las caras de preocupación se fueron transformando en confianza y en una cierta simpatía. El gordo estaba logrando su objetivo por momentos. Pero cuando discutieron que hacer con los niños Hanniah les lanzó unos cuantos gritos de desprecio.
En el exterior la situación empeoraba: los caballos que se habían escapado habían tirado la puerta abajo y Drött intentaba dar explicaciones a los guardias que le amenazaban con las espadas apretándole el cuello; Linny ya no se mantenía en pie, reía jocosa con una expresión burlona y los mofletes hinchados; Arnaldo ya estaba recibiendo las primeras piedras de los maridos de las mujeres a las que había tratado de seducir, y los niños habían aprovechado la situación para alejarse del centro del fortín escondiéndose por todos los rincones que encontraban. Los centauros al fin empezaron a aparecer y pasaron de largo de la bruja, de hecho se apartaban de ella mientras se dirigían a las puertas. Los vigías corrieron hasta la pequeña torre de la ermita para hacer sonar las campanas como alerta. La batalla era inminente.
El esclavo bajó corriendo a las mazmorras en busca de su dueño.
Las escaleras estaban húmedas y pese a su poco cuidado y sus prisas consiguió no resbalar en ninguna de ellas, pero justo al acabar la última vuelta se topó de lleno con una puerta de barrotes. Tardó un poco en darse cuenta de la puerta, más tarde sería consciente de haberse roto la nariz pero en aquel momento todo él pensaba en sacar a Dante y Hanniah ya que eran los únicos que podrían salvar el fortín. O al menos eso era lo que el esclavo pensaba.
–¡Abrir inmediatamente! Ahí fuera os necesitan más que aquí dentro.
–En este preciso instante nos dirigíamos al exterior –la voz provenía de detrás del corpulento guardia que ocupaba todo el arco del pasillo–, un esclavo no es quién para dar órdenes.
–Sin embargo y pese al castigo de la esclavitud, el linaje real permite a un simple esclavo comandar a un ejército si la situación lo requiere.
Sorprendido aunque algo escéptico apareció el general de las tropas del fortín.
–Y también puede sacar a quién quiera de los calabozos del mismísimo palacio de la reina si es necesario.
El esclavo enseñó algo que guardaba bajo sus viejas y rotas vestiduras. El guardia lo estaba apunto de encadenar cuando el general asintió comprendiéndolo todo.
–¡Déjale! ¡Liberad a Dante y a su hermana de inmediato!
El enorme guardia tardó un poco en asumir el cambio de órdenes que recibía pero se dirigió hacia el interior de los calabozos a por los hermanos.
El general estaba frente al esclavo mirándolo con recelo:
–Tengo un plan.
El fortín ya había sido invadido por los centauros. Cuando iban a salir de los calabozos se encontraron a un caballero defendiendo la entrada con una lanza. Así que subieron las escaleras hacia la torre.
Dante se pertrechó con lo que le pudieron ofrecer. Dejó su espada en la armería y prefirió suministrarse con armamento para su ballesta. El esclavo le siguió con una cimitarra, su intención era proteger a Dante cortando las patas de los centauros.
La mujer embarazada resultó ser la imagen más curiosa de la batalla al correr por la empalizada dando órdenes a los que disparaban con sus arcos desde esta.
Drött estaba junto a Arnaldo que irónicamente se unieron a los hombres y mujeres del pueblo usando las piedras que antes recibían. Y nadie sabía nada de Linny. Drött de repente vio a Hanniah correr por toda la empalizada, estaban rodeados en la plaza central, al parecer los centauros no eran muy inteligentes y debían creer que aquello era lo más importante del fortín.
Los caballeros aprovecharon la estupidez para rodear-les en la plaza mientras algunos seguían con los preparativos del plan del sargento. Dante viendo el control que tomaron las fuerzas del fortín decidió ir a por su presa “al fin y al cabo un cazador debe cazar para sobrevivir”. El esclavo se sorprendió al ver la agilidad con la que subió las escaleras de la empalizada y saltó hacia un cobertizo. El techo de este cedió por el peso y el impulso. Sin embargo Dante no tardó en levantarse para encontrarse con un centauro de cara, este todavía reía tras haber visto tan lamentable espectáculo. El esclavo aprovechó la distracción para cortar sus patas traseras y hacer que cayese. Dante salió corriendo en busca de la puerta, sabía que Ghestur no entraría jamás en el fortín en plena batalla, este esperaría a ver el resultado.
Linny se levantó, tenía la sensación de haber dormido demasiado por su cuerpo pesado y cansado. De repente recordó que estaba tratando de mantener a raya a los centauros y se levantó de un salto. Al ponerse de pie casi cae de nuevo, tenía un moratón enorme en la pierna, pero eso era secundario en ese momento. Se dio la vuelta para mirar al fortín, no tardó en darse cuenta que había fallado, a su alrededor las pezuñas de los centauros habían destrozado el césped del claro. Rauda se puso a correr hacia la puerta.
Hanniah estaba a punto de terminar su periplo informando a los guardias que se mantenían en el muro. Tenía que llegar hasta la puerta para avisar de que la subieran y así preparar una trampa contra los centauros. Se preguntaba que estaría haciendo su hermano ya que este tenía sus propios propósitos y no se paró a escuchar las palabras del general. No tardó en llegar a la puerta y mandar que la subieran.
Dante y el esclavo corrían hacía la puerta justo cuando la estaban empezando a cerrar, la mitad izquierda iba muy avanzada y tenía miedo de no poder salir. Sabía que Ghestur debía estar contemplando la batalla. Cerrar las puertas sería una buena pista para que este decidiera salir corriendo.
Linny no entendía porque estaban cerrando el acceso al fortín. Podía imaginarse mil trampas o el hecho que los propios centauros estuviesen preparando una masacre. Fuese lo que fuese tenía prisa por entrar.
Hanniah lazó un grito a Dante al ver que este casi rompe el mecanismo de la puerta y le indicó que saliese rápido.
Dante Se quedó atrancado, no era capaz de pasar, el esclavo empezó a empujarle con fuerza.
Linny veía algo raro y redondo que se asomaba por la puerta, de hecho había frenado el avance de esta. Pensó que era una buena oportunidad para conseguir entrar
El esclavo dio unos pasos atrás para conseguir algo de carrera. Se abalanzó a toda velocidad sobre su amo.
Dante salió disparado y notó algo mullido bajo sus manos.
En el interior Drött y Arnaldo observaban como los centauros se empezaron a proteger dando vueltas alrededor de la gente. Aprovechaban cualquier oportunidad para apalear a los que se habían quedado dentro de su mortal círculo. Los caballeros que trataban de usar picas, lanzas y hasta alguna biga rota de madera no conseguían más que defenderse puesto que los centauros corrían. Alguno consiguió saltar por encima de ellos y armar jaleo, hasta el punto de abrir una brecha en el círculo.
La batalla empezó entonces cuando los del interior del círculo de centauros decidieron lanzar piedras a las nucas de los que intentaban usar la brecha. Los caballeros usaban sus armas contra aquellos seres repugnantes. La sangre brotaba de todos lados. Afortunadamente para los planes de los humanos ninguno de los centauros llevaba armadura, lo que facilitaba el atacarles.
Dos de los niños que se habían escondido cerca de la armería entraron por una ventana y agarraron unas grandes dagas, las empuñaron y salieron corriendo por el hueco de la empalizada. Estuvieron discutiendo hacia donde dirigirse. Su intención era hacerse ricos atacando a gente rica en los caminos. Así que siguiendo las enseñanzas geográficas que recibieron de los monjes decidieron encaminarse más allá de las minas. Hacia el pueblo de los sátiros donde algunos elfos se iban a gastar el dinero escuchando las horribles historias y canciones de los sátiros.
Linny le propinó un buen bofetón a Dante en cuando pudo respirar. Tenía al cazador encima y se había quedado atontado tocándole los senos.
–¿¡Por qué huis como alimañas!?
–¡Estoy yendo en busca de Ghestur!
–¿No está con sus centauros?
–Nunca está donde corra peligro, aunque se mantiene cerca para celebrar la victoria, estoy seguro que no anda muy lejos.
Linny se quedó pensativa mientras Dante seguía encima suyo tentado de simular un tropiezo para volver a tocar sus pechos.
–Creo que sé por donde puede andar vigilando.
En el interior Arnaldo y Drött consiguieron escapar del círculo mortal y antes de que pudiesen irse por patas hacia la puerta se encontraron con Hanniah. Les dio unos arcos, flechas y una antorcha encendida, les dijo que se prepararan a disparar fuego hacia la plaza central cuando oyeran una trompeta. Nerviosos le hicieron caso y se apostaron sobre una casa anexa a la torre. La casa emitía un extraño olor. Un par de guerreros entraron en la casa y sacaron barriles corriendo. Drött supuso que debían huir con sus pertenencias o algo de valor, pero no le dio importancia. Bostezaron uno tras otro en una cadena interminable mientras se pasaban la antorcha para que no cayese sobre la madera del tejado.
Hanniah observaba como los caballeros con los escudos más anchos disimulaban lso movimientos de los chicos que cambiaban barriles de comida por barriles de pólvora. Más tarde deberían simular el tener que retroceder para hacerles caer en la trampa. El trompetista estaba subido a un tejado, esperando la orden impaciente; de hecho llevaba unos minutos viendo la sangrienta batalla con la boca en la boquilla.
Linny llevó a Dante y al esclavo hacia un árbol de tronco ancho y de altura media que se erigía justo al linde del bosque. Allí había un centauro con armadura, si Linny no estaba equivocada Ghestur debía estar subido al árbol, desde allí no vería exactamente el interior del fortín pero podría hacerse una idea de lo que sucedía. Dante le vio, pero pensó que lo mejor era primero ocuparse del centauro y dejar al esclavo y a Hanniah subir a por Ghestur.
Cuando Dante se acercó al centauro se dio cuenta de que había una cuerda a su lado. Estaba atada a un montón de piedras. Al seguir con la vista la cuerda vio que mantenía a Ghestur en una plataforma suspendida en el aire. Acto seguido vio como Linny y el esclavo se abalanzaron sobre Ghestur y la plataforma con las piedras subió a gran velocidad y estas salieron disparadas hacia el fortín. Cuando llegaron allí se oyeron un par de gritos, una trompeta y una gran explosión.
Arnaldo estaba aterrado en el tejado. Drött había recibido una pedrada y cayó inconsciente a su lado. La antorcha que en ese momento estaba en sus manos también cayó sobre el tejado de madera ahora en llamas. De repente la trompeta sonó, las flechas incendiarias fueron directas a la plaza del centro desde la que se vio una gran explosión. Arnaldo cayó de espaldas y se quedó tumbado incapaz de reaccionar.
Hanniah gritó desde su posición al ver el tejado en llamas, pudo discernir a su querido Arnaldo entre estas. De un saltó se lanzó sobre una pequeña parada anexa a la empalizada y corrió hasta la casa. Pronto se dio cuenta de donde estaban y se puso a temblar. Ello le dificultó el subir por una escalera. Arriba se encontró con Arnaldo y con Drött en el suelo, ya estaban conscientes pero el terror les inmovilizaba. Les dio una patada en la cadera y les obligó a levantarse. Al darse la vuelta para bajar corriendo por la escalera se fijó en el resto del poblado. Los centauros seguían en pie, de hecho estaban arrasando con los niños y con los ciudadanos del fortín. No veía ningún caballero.
El noble y el general gritaron que se retiraran hacia la torre, todos los arqueros y los pocos soldados que habían sobrevivido a la explosión acataron inmediatamente las órdenes de retirada. Pronto pudieron encerrarse en la torre.
Hanniah huía de la casa arrastrando a sus dos cobardes compañeros. Se acordó de que debía existir alguna salida en la empalizada. Se puso tras los establos que dejaban un buen espacio entre el muro de estacas y la casa. Allí vio marcas en la madera. Debían ser las de su hermano al forzar la salida. De repente se oyó el gran boom que temía. La explosión provenía de la casa donde encontró a Arnaldo y a Drött, el polvorín había explotado y en esos instantes la gran torre de piedra empezó a temblar. Uno de los muros empezó a ceder y cayó sobre un par de casas. El resto seguía resquebrajándose.
Dante estaba luchando contra el centauro. Linny y el esclavo habían matado a Ghestur en la caída. Así que ayudaron a Dante. Cuando consiguieron reducir al centauro oyeron otro gran estruendo. No el de más explosiones, si no el de algo mucho mayor. De repente miraron todos al fortín y vieron como la gran torre empezaba a ceder. Oyeron un grito desesperado, uno de terror y otro mucho más familiar. Era una voz tronadora y grotesca que mandaba. Era Hanniah.
El centauro se quedó absorto contemplando la destrucción del fortín, las puertas se abrieron y sus congéneres salieron cabalgando a toda velocidad. Él se unió en su escapada. Pronto todos ellos desaparecieron, esta vez dirección a las praderas del este.
Hanniah, Dante, Drött, Arnaldo, Linny y el esclavo decidieron seguir con su camino. Aquello no tenía que afectar a su principal misión. Y aun les quedaba un largo camino por delante. Pasaron cerca del muro derruido del castillo, sobre algunas ruanas todavía caían algunas grandes piedras. Un par de estas provocaron que durante un instante se creara una pequeña fuente de sangre. Era imposible que nadie hubiese sobrevivido a aquello. Hanniah vio el cadáver del noble. De golpe le vino a la mente como trataban a sus mujeres en aquel lugar y escupió sobre la cara del cuerpo sin vida...
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Siento mucho el retraso.
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