viernes 12 de julio de 2030

La bienvenida

Saludos a todos.

Bienvenidos a mi blog principal, una creación que hice para evitar los fotologs y que he ido mejorando con el paso del tiempo.

Tengo otros dos blogs a los que podéis acceder a través de mi perfil o de los enlaces a la izquierda de la pantalla. Allí también encontraréis música que cuelgo para vuestro disfrute. En este blog en concreto encontraréis las historias de Dante, un cazador gordo y feo que se embarca en una misión épica en un mundo de Fantasía muy curioso.

Disfrutad ;) Leer más

lunes 27 de julio de 2009

Capítulo 5

La historia del gordo cazador en una gran misión en un mundo lógicamente fantasioso

Capítulo 5: Desastres

Los gallos no cantaron, estaban cansados todavía y se escondían de los rayos de sol, el resto de aves se escabullía volando de la zona; el fortín vivió toda la noche en un constante murmullo de quejas y de guardias que de un lado a otro vigilaban toda la cerca, y la gran causa de todo ello el irritante e intermitente cuerno de los centauros. Solo siete personas en el interior fortín consiguieron dormir plácidamente: los cinco presos de los calabozos totalmente incomunicados con el exterior y los dos hermanos, Dante y Hanniah. El gordo parecía haber sido depositado sobre la barra de la taberna. El taburete bajo su enorme trasero se balanceaba continuamente, puesto que el respirar hinchaba su barriga y esta ejercía presión contra el mueble del bar. Los ronquidos no eran molestia para el dueño que por la ventana discutía de la situación con sus vecinos. Hanniah en cambio estaba en una de las habitaciones de la única construcción de piedra del lugar, había convencido al esclavo para hablar con el dirigente y que permitiera que la pobre mujer embarazada descansara tras el secuestro en sus aposentos. La cínica mujer reposó como jamás lo había hecho, porque pese que había catado alguna de esas camas de pluma de oca nunca tuvo la oportunidad de dormir en ellas. El tacto de las sábanas era tan suave, la forma en que se hundía que le hacía sentirse como una fresa en un pastel de nata, todo contribuyendo a su perfecto sueño.
El resto de componentes del grupo se había dividido intentando conseguir objetivos altruistas a los ojos de los demás –“una pérdida de tiempo” es como lo hubiesen considerado los hermanos de estar despiertos–. Arnaldo andaba calmando a la gente que rodeaba a los niños insultándoles, el esclavo trataba de conseguir llegar a algún acuerdo con el dirigente del fortín para que no les entregasen a los centauros, Linny seguía fuera haciendo sus trucos y manteniéndose en pie como podía y Drött, Drött cargaba con la dura tarea de cuidar y vigilar a los caballos puesto que nadie le veía capaz de hacer algo de mayor envergadura. A ninguno de ellos le iba bien con su tarea: el odio hacia los chicos era incontrolable, ni siquiera el atractivo de Arnaldo despistaba a las mujeres del lugar; el esclavo no conseguía hacerse notar dado que por su condición nadie quería escucharle esta vez, y Drött recibió unos cuantos golpes de los caballos, nerviosos por el alboroto que les rodeaba. Respecto a Linny, ella aguantaba con determinación frente al portón. Metía su cabeza continuamente dentro de su bolsa y cuando la sacaba, después de una clara y fuerte inspiración, su cara se veía enérgica, como la que tenían los chavales al escapar del infierno en llamas del seminario. Gritaba de vez en cuando, sin darse cuenta no sabía el idioma en el que amenazaba a los centauros. A decir verdad no le importaba si la entendían o no, ella solo quería sentirse fuerte, imponente, como una hada, una musa, … no para ella era aún más divertido pensar que era como una diosa que les podía castigar cuando quisiera. Tuvo la intención de parecer aun más poderosa y aprovechando uno de los botes de cristal que había roto y un rollo de papiro creo una especie de artilugio que ayudaba a que sus gritos aumentasen en intensidad, era tal la fuerza del ultimo de estos que Hanniah y Dante despertaron. Ya solo dormían cinco personas en el fortín.

–¡Maldita zorra!
La sutil queja de Hanniah asustó a las criadas que estaban en la habitación limpiando en silencio.

–Espero que no suene así en la cama...
Los ojos del camarero al ver a Dante despierto y musitando tonterías se abrieron de pura curiosidad y de alegría. El gasto del cazador durante la noche le había convertido ya en su mejor cliente.

–¡Nunca se puede descansar en paz! A este paso saldrá el niño antes de tiempo... –mientras lo decía se dio cuenta que las criadas la miraban perplejas–. Esto tiene que ir perfecto, así seré también vuestra jefa –comentó en voz alta mientras se acariciaba la barriga.

–No me puedo creer que los centauros sigan dando vueltas por allí.
El camarero se le acercó con una jarra bien llena de cerveza.
–Ghestur debe estar durmiendo y todo. Si no es que se ha escapado... –levantó al fin la vista para ver como el camarero le ofrecía la jarra con una sonrisa interesada–, siempre se escabulle cuando las cosas no funcionan como él quiere.

Hanniah se bajó el camisón que le habían ofrecido y desnuda se dirigió al baño, mirando con soberbia a las criadas e indicándoles con un movimiento orgulloso de cabeza que se dirigieran a por agua caliente. Cuando habían llenado la bañera entró cuidadosamente en el agua y se posicionó para recibir los pertinentes cuidados. Disfrutó como nunca del que estaba siendo el mejor baño de su vida. Las manos de esas mujeres tenían una evidente experiencia a la hora de masajear cualquier parte del cuerpo.

Dante intentaba hablar con el camarero, hacerse el interesante pero vio como se iba a la ventana de nuevo para hablar con los vecinos. Miró hacia la jarra que tenía en sus manos y se la puso en la boca. En el paladar pudo comprobar como la habían mezclado, aguado y decidió que ese era el momento idóneo para empezar a moverse un poco y buscar a sus compañeros. Intentó levantarse en tres actos, en el primero los hombros que apenas se habían movido al ingerir la cerveza aguada; luego mover su hinchada barriga (más de lo normal a causa de la cerveza), y finalmente su culo, con cautela para no tirar el taburete, sin embargo no consiguió el ultimo objetivo y el estruendo llamó la atención del camarero.
–Siempre se me olvida levantar el ánimo–, siguió el estúpido comentario con una risa tan endeble como falsa.

Alguien irrumpió en los aposentos mientras Hanniah recibía el baño. Era un hombre de muy buen ver, con unos ojos profundamente oscuros y unos dientes ligeramente afilados dejados a la vista por su actitud agresiva y los gritos que blandía contra todos los allí presentes.
–¿¡Qué hace esa mujer todavía aquí dentro!?

Dante se encontró con el camarero encima. Había saltado la barra ágil y se había postrado frente a él, con una expresión en la cara que bailaba entre la rabia y la tristeza. Lo único que mantenía sus rostros a una cierta distancia era la decrépita forma física del cazador.
–La taberna esta cerrada por lo que habéis provocado, ¿no estarás pensando en irte sin gastar un poco más?
Dante le miró aterrorizado.
–Solo... –, su voz titubeaba–, una jarra más.
–¡Perfecto! –gritó como loco con gran alegría–. ¡Una buena jarra de la mejor cerveza de la casa!
El camarero giró sobre sus pies, colocó el taburete como debía invitando a Dante a sentarse y con total naturalidad sirvió otra jarra de cerveza.
–Podría resolver toda esta situación en media hora si me permitieses salir.
–¡Claro! –contestó el camarero con una carga irónica considerable.
–Conozco a Ghestur personalmente y sé lo que busca. Si se escapa por temor a una lucha no habrá manera de negociar con los centauros.
–¡Toma! Sorbe un poco y dime si no es la mejor cerveza que has probado. Estoy seguro que te gustará tanto que me pedirás otra luego.

La hermana de Dante gozaba viendo la discusión que había provocado entre las criadas y ese hombre tan atractivo. No era el dirigente, al dirigente lo había visto hablar con el esclavo. Este parecía ser uno de los grados militares, un hombre con la espalda en plena rectitud, los hombros anchos y un pecho prominente que se hinchaba antes de cada grito. Pero lo que más le gustaba a Hanniah de esos hombres era su trasero, se veía siempre más cargado por el arqueo de las piernas, consecuencia de las horas que pasaban montando a caballo, le encantaba la firme su redondez. Siempre había deseado acostarse con un hombre así, pero jamás lo había intentado. Ella se lanzaba hacia los nobles no a sus guardias. Nunca le gustó apuntar bajo.
–Acabamos de enterarnos que formaba parte del grupo que ha provocado el incendio y se ha traído a los centauros.
–¡Me tenían secuestrada! –Hanniah fue rápida buscando la excusa y desarrollándola–. Me querían utilizar para que me violaran los centauros. A esos seres les encantan las perversiones. Querían quedarse a los niños pese a perder su poder con los sacerdotes para hacerles todo tipo de horrendas...–Hanniah cortó intencionadamente falseando algunas lágrimas.
–El esclavo ha intentado convencernos de no devolver a los niños.
–¿¡Pero qué demonios se cree ese inútil!? –tuvieron que agarrar a la mujer entre todas las criadas para evitar que se fuera corriendo desnuda por el pasillo–. ¡SOLTADME! ¡Me estafaron con ese hijo de la gran puta!
El militar mandó con un sutil gesto que la soltaran y cuando ella se creía libre le dio en las mejillas con el revés de la mano.
–No te creas mejor que él.
–¡Es solo un esclavo!
–¡Qué poca vista que tienes!
Hanniah se quedó callada, con el puño en alto. El hombre la miraba con ojos condescendientes, notaba incluso algo más en la mirada, en el rabillo del ojo, un brillo que jamás había presenciado. Estaba segura de lo que significaba, pero no sabría describirlo ni actuar en consecuencia. De repente sonó el cuerno de nuevo y el hombre se despistó, momento en el que Hanniah notó que aquello era compasión; no, era peor que la compasión, era pena.
–¿Cómo puedo ser tan estúpida? –esta vez las lagrimas parecían reales.
–¿¡Eh!? –el hombre la miró extrañado–, ¿qué ocurre?
–Tienes razón, es más de lo que parece. Y yo... yo jamás he sido nada. Solo lo intento...
El hombre se acercó más a ella y estaba dispuesto a acariciar su cabeza cuando la mujer le agarró la mano y apunto de acercarse a sus labios le agarró de la entrepierna y le retorció las partes nobles hasta que cayó al suelo. Acto seguido salió corriendo por los pasillos.

Dante había conseguido acabarse dos jarras más y empezaba a notar como su cabeza era incapaz de guiar sus piernas correctamente. No podía seguir bebiendo allí dentro o caería dormido de nuevo, tenía una labor importante que acometer. Pero su cuerpo se lo impedía. Así que hizo un último esfuerzo para tratar con el camarero y levantándose del taburete se dirigió a este que seguía cotorreando por la ventana y le dijo que el dinero estaba en la barra. El camarero se giró furioso tal y como Dante lo había imaginado así que aprovechó el giro de este para darle un golpe con la jarra en la frente. Ambos se quedaron atónitos unos segundos, el camarero entonces reaccionó rápido y le dio un puñetazo en el estomago inconsciente de que esa zona estaba protegida por la grasa. Dante aprovechó para darle otro golpe con la jarra en la cabeza. Y luego otro golpe más en el que el cristal empezó a resquebrajarse, pero el camarero seguía buscando como darle a Dante en el torso para que le doliera. El cazador harto de que no perdiera el conocimiento le dejó un pequeño saco con monedas de oro y le pidió que se olvidara de lo sucedido.
Consiguió salir del bar y al fin se dedicó a conocer la situación, solo tuvo que torcer el edificio para ver que en la plaza central estaba Arnaldo con los niños a los que la gente quería apedrear. Dante pasó por delante sin mirarle siquiera, conocía de sobras la situación. Él estaba allí porque creyeron que su atractivo funcionaría a la hora de entretener a las mujeres. Pero Dante ya había tratado con la gente de la zona en otras ocasiones y tenía a su favor información que los demás desconocían. Los hombres del fortín crearon la empalizada y vigilaban no por tratarse de algún punto estratégico, por protegerse de esos estúpidos centauros y mucho menos por ser una avanzada ya que estaba en medio del reino, se trataba de sus celos. No querían que sus mujeres salieran de ese lugar y por ello las mantenían encerradas, apenas dejaban entrar caballeros o gente de buen ver, es por ello que Dante los había conocido bien. Así que el plan de usar a Arnaldo solo iba a conseguir el efecto contrario al deseado y es por ello que el cazador ni se dignó a entrometerse, puesto que a él los niños no le importaban nada. Solo tenía en su mente el huir de aquel lugar.

Hanniah se resbaló justo enfrente del dirigente. Sus guardaespaldas la apartaron empujándola con el pie. Ella cabreada se levantó orgullosa y provocó una surrealista y sorprendente pelea. Con una precisa patada en la espinilla dejó a uno de los dos temporalmente en el suelo, el otro seguía de espalda y antes de que pudiese darse la vuelta le atizó en los gemelos, cosa que provocó la siguiente caída. Los dos en el suelo se complementaron al coger los tobillos de Hanniah y abrirla de piernas. Ella no esperaba tal acción pero usó sus codos en la caída para clavarlos en la cara de uno de los dos guardias. Este empezó a sollozar como un niño mientras el otro tiró de la mujer para intentar asestarle un puñetazo entre las piernas. Hanniah tuvo que contener la risa que le provocaba el llanto del soldado al notar un patoso intento de atacar sus zonas íntimas. La mujer se acercó y le escupió en los ojos. Con el hombre cegado intentó levantarse, ardua tarea en su avanzado estado. Finalmente el dirigente decidió acabar con tan deplorable lucha y clavó con fuerza su espada entre los contrincantes.
Por el pasillo se oían los gritos del militar al que había dejado por los suelos –una reciente costumbre– que avanzaba raudo con una espada en la mano. El dirigente se quedó perplejo. Hanniah agarró la espada que había clavado este, primero para poder levantarse y luego para protegerse de la ira del militar. Pese a la falta de habilidad, técnica, fuerza, gracia y destreza de Hanniah fue capaz de soportar la carga de su oponente en unas cuantas ocasiones. Las suficientes para que un grito inquisitivo fuese cargado y lanzado con una potencia capaz de soterrar el barullo del fortín al completo. Ambos combatientes fijaron la vista en él, Hanniah le admiraba y el militar no tardó en darse cuenta de su error y se puso firme.
–Su nobleza, disculpe mi genio. Siempre he resultado ser demasiado vehemente.
El militar se acercó al noble con un aire adolescente, temeroso de las contestaciones que pudiese darle y se inclinó antes de ser capaz de explicar lo sucedido.
–Esta mujer estaba aprovechándose de su generosidad. Nos mintió desde el principio sobre su relación con los que instigaron a los centauros –hizo una breve pausa con la que trató de aclarar su garganta–. Es la hermana de Dante.
Esta última afirmación provocó una gran curiosidad en el noble, quien se dedicó a examinar a Hanniah.
–Sería descortés por mi parte no presentarme ante la hermana de tal leyenda.
–¿Leyenda?
–Claro, de él vino la idea de dar a los más jóvenes a los centauros para que pactasen con los cleros.
–¿Suya?
–Fue un plan perfecto porque las mujeres seguían atendiéndonos exclusivamente.
La mujer no era capaz de comprender de que le hablaban, estaba en un estado casi catatónico.

Dante había dado una vuelta por debajo de la empalizada, recordaba donde había una salida. Un pequeño recoveco, detrás de la alfalfa de los caballos en el que uno podía colarse con una cierta facilidad. Incluso con su complexión había usado la trampilla varias veces. Esta vez le costó encontrarla, de hecho le sorprendió el estado de la zona trasera de los establos, toda la alfalfa estaba desparramada, los barriles de agua por los suelos, parecía que estuviesen en guerra pero los caballos seguían rechinando en el interior, por tanto los soldados no habían salido a luchar. Miró por una rendija de la empalizada para comprobar que Linny seguía fuera completamente sola. Aunque la chica empezaba a mostrarse, distinta... cansada no, puesto que parecía que se moviese con ganas de bailar. Se oyó el trote nervioso de varios caballos, Dante curioso se acercó al lugar de donde provenía, al otro lado del establo. De repente unos caballos salieron lanzados hacia él que los tuvo que esquivar lanzándose contra la pared. Tras los equinos apareció Arnaldo sudado y afónico. Dante no se sorprendió aunque ello dificultaría el final de su simple plan.
Al fin consiguió encontrar la trampilla, aunque se dio de cabeza, algo que junto al chichón provocado por el accidente con los caballos le hizo quedarse con la cara en la tierra unos segundos mientras recuperaba el aliento. Gateó unos metros evitando caer en el foso. Cuando estuvo apunto de perder el portón de vista se fijó en Linny. La joven ahora daba vueltas con los brazos al aire, como si estuviese recibiendo una fresca lluvia en verano, daba vueltas y gritaba tonterías mientras reía. Fue entonces cuando el infortunio se adueñó de la escasa concentración de Dante. Un tropiezo tan corriente como simple de Linny hizo que este empezara a reír a carcajadas.
El sonido de sus risas se escampó por todos lados y fue entonces cuando los guardas le descubrieron. Tardaron solo un instante en reconocerle y abrir la puerta para salir en su búsqueda. Dante intentó correr pero cayó de lleno en el foso donde no les fue nada difícil atraparle. Linny seguía danzando, parecía ebria. No paraba de gritar e incluso de cantar en idiomas incomprensibles y Dante se quedó ensimismado viendo como había perdido el control mientras a él le arrastraban hacia el interior del fortín. Antes de que se dispusieran a cerrar las puertas aparecieron los centauros de entre los árboles y fueron corriendo a por Linny. Se oyeron varios gritos y los sonidos de una dura pelea, la gente que miraba por el muro se asombraba y se asustaban. Dante no era capaz de adivinar si a la chica le estaba yendo bien. Se puso nervioso.

–¿Era necesario encerrarme?
La mirada de Hanniah asustaba a todos los guardas.
–A mi me gustaría ahorcarte pero no me permiten elegir los castigos de los criminales.
–Encima que os estamos ayudando a acabar con esos depravados...
–¡Vosotros los habéis traído hasta aquí! Nos hemos enterado a través de un informante que provocasteis el incendio cerca del seminario.
–Un accidente sin importancia que todavía podemos solventar.
El militar dejó de escuchar y se fue de los calabozos. La mujer se dio cuenta de que los otros presos la miraban lascivamente.
–No vais a disfrutar jamás de más que de los agujeros húmedos de estas paredes.
Acto seguido los presos empezaron a golpear cabreados contra los barrotes y empezaron a lanzarle todo tipo de objetos y ropajes a Hanniah.

–¡Entra de una puta vez!
–Dejadme explicar que estaba haciendo...
–¡Qué entres!
–Solo intentaba hablar con Ghestur.
–Ni se de quién hablas ni me interesa.
De repente consiguió el guarda que Dante abriese la puerta, con su propia cabeza.
–¡Traed a Marcos!
–Está ocupado con todo esto.
–La chica no va a durar mucho y necesitáis mi ayuda.
Echaron a Dante junto a Hanniah.
–¿Qué haces tu aquí? –preguntó Dante.
–Ver como todo se va al traste...
–Siempre tan positiva. Ahora en serio –, meditó la pregunta de nuevo–, ¿qué haces aquí?
Hanniah le miró con desprecio y prefirió girar la vista. Ella notó como su hermano la seguía mirando esperando una respuesta.
–¡Vete a molestar a otra!
–Si pudiese no te molestaría nunca...
En ese momento entró el dirigente de nuevo, Dante lo llamó por su nombre y Hanniah se quedó estupefacta al ver que casi se abrazaron a través de los barrotes.
–No quiero creerme lo que me han contado los guardas. ¿Qué es lo que intentabas hacer? –la mirada de Marcos sobre Dante era fija y protectora, parecía un hermano mayor al que le habían decepcionado.
–Quería hablar con Ghestur, es la única forma de tratar con esos estúpidos degenerados.
–Eso me lo puedo creer, pero... ¿cuales eran las intenciones de tu hermana?
Discutieron durante un tiempo, Hanniah se mantuvo al margen al ver que Dante conseguía convencerlo de cualquier cosa. Viendo los antecedentes, Marcos debía considerar a su hermano como alguien sabio e influyente, puede que gracias a ello consiguieran salir de esa situación. Poco a poco las caras de preocupación se fueron transformando en confianza y en una cierta simpatía. El gordo estaba logrando su objetivo por momentos. Pero cuando discutieron que hacer con los niños Hanniah les lanzó unos cuantos gritos de desprecio.

En el exterior la situación empeoraba: los caballos que se habían escapado habían tirado la puerta abajo y Drött intentaba dar explicaciones a los guardias que le amenazaban con las espadas apretándole el cuello; Linny ya no se mantenía en pie, reía jocosa con una expresión burlona y los mofletes hinchados; Arnaldo ya estaba recibiendo las primeras piedras de los maridos de las mujeres a las que había tratado de seducir, y los niños habían aprovechado la situación para alejarse del centro del fortín escondiéndose por todos los rincones que encontraban. Los centauros al fin empezaron a aparecer y pasaron de largo de la bruja, de hecho se apartaban de ella mientras se dirigían a las puertas. Los vigías corrieron hasta la pequeña torre de la ermita para hacer sonar las campanas como alerta. La batalla era inminente.

El esclavo bajó corriendo a las mazmorras en busca de su dueño.
Las escaleras estaban húmedas y pese a su poco cuidado y sus prisas consiguió no resbalar en ninguna de ellas, pero justo al acabar la última vuelta se topó de lleno con una puerta de barrotes. Tardó un poco en darse cuenta de la puerta, más tarde sería consciente de haberse roto la nariz pero en aquel momento todo él pensaba en sacar a Dante y Hanniah ya que eran los únicos que podrían salvar el fortín. O al menos eso era lo que el esclavo pensaba.
–¡Abrir inmediatamente! Ahí fuera os necesitan más que aquí dentro.
–En este preciso instante nos dirigíamos al exterior –la voz provenía de detrás del corpulento guardia que ocupaba todo el arco del pasillo–, un esclavo no es quién para dar órdenes.
–Sin embargo y pese al castigo de la esclavitud, el linaje real permite a un simple esclavo comandar a un ejército si la situación lo requiere.
Sorprendido aunque algo escéptico apareció el general de las tropas del fortín.
–Y también puede sacar a quién quiera de los calabozos del mismísimo palacio de la reina si es necesario.
El esclavo enseñó algo que guardaba bajo sus viejas y rotas vestiduras. El guardia lo estaba apunto de encadenar cuando el general asintió comprendiéndolo todo.
–¡Déjale! ¡Liberad a Dante y a su hermana de inmediato!
El enorme guardia tardó un poco en asumir el cambio de órdenes que recibía pero se dirigió hacia el interior de los calabozos a por los hermanos.
El general estaba frente al esclavo mirándolo con recelo:
–Tengo un plan.

El fortín ya había sido invadido por los centauros. Cuando iban a salir de los calabozos se encontraron a un caballero defendiendo la entrada con una lanza. Así que subieron las escaleras hacia la torre.
Dante se pertrechó con lo que le pudieron ofrecer. Dejó su espada en la armería y prefirió suministrarse con armamento para su ballesta. El esclavo le siguió con una cimitarra, su intención era proteger a Dante cortando las patas de los centauros.
La mujer embarazada resultó ser la imagen más curiosa de la batalla al correr por la empalizada dando órdenes a los que disparaban con sus arcos desde esta.
Drött estaba junto a Arnaldo que irónicamente se unieron a los hombres y mujeres del pueblo usando las piedras que antes recibían. Y nadie sabía nada de Linny. Drött de repente vio a Hanniah correr por toda la empalizada, estaban rodeados en la plaza central, al parecer los centauros no eran muy inteligentes y debían creer que aquello era lo más importante del fortín.
Los caballeros aprovecharon la estupidez para rodear-les en la plaza mientras algunos seguían con los preparativos del plan del sargento. Dante viendo el control que tomaron las fuerzas del fortín decidió ir a por su presa “al fin y al cabo un cazador debe cazar para sobrevivir”. El esclavo se sorprendió al ver la agilidad con la que subió las escaleras de la empalizada y saltó hacia un cobertizo. El techo de este cedió por el peso y el impulso. Sin embargo Dante no tardó en levantarse para encontrarse con un centauro de cara, este todavía reía tras haber visto tan lamentable espectáculo. El esclavo aprovechó la distracción para cortar sus patas traseras y hacer que cayese. Dante salió corriendo en busca de la puerta, sabía que Ghestur no entraría jamás en el fortín en plena batalla, este esperaría a ver el resultado.

Linny se levantó, tenía la sensación de haber dormido demasiado por su cuerpo pesado y cansado. De repente recordó que estaba tratando de mantener a raya a los centauros y se levantó de un salto. Al ponerse de pie casi cae de nuevo, tenía un moratón enorme en la pierna, pero eso era secundario en ese momento. Se dio la vuelta para mirar al fortín, no tardó en darse cuenta que había fallado, a su alrededor las pezuñas de los centauros habían destrozado el césped del claro. Rauda se puso a correr hacia la puerta.

Hanniah estaba a punto de terminar su periplo informando a los guardias que se mantenían en el muro. Tenía que llegar hasta la puerta para avisar de que la subieran y así preparar una trampa contra los centauros. Se preguntaba que estaría haciendo su hermano ya que este tenía sus propios propósitos y no se paró a escuchar las palabras del general. No tardó en llegar a la puerta y mandar que la subieran.
Dante y el esclavo corrían hacía la puerta justo cuando la estaban empezando a cerrar, la mitad izquierda iba muy avanzada y tenía miedo de no poder salir. Sabía que Ghestur debía estar contemplando la batalla. Cerrar las puertas sería una buena pista para que este decidiera salir corriendo.
Linny no entendía porque estaban cerrando el acceso al fortín. Podía imaginarse mil trampas o el hecho que los propios centauros estuviesen preparando una masacre. Fuese lo que fuese tenía prisa por entrar.

Hanniah lazó un grito a Dante al ver que este casi rompe el mecanismo de la puerta y le indicó que saliese rápido.
Dante Se quedó atrancado, no era capaz de pasar, el esclavo empezó a empujarle con fuerza.
Linny veía algo raro y redondo que se asomaba por la puerta, de hecho había frenado el avance de esta. Pensó que era una buena oportunidad para conseguir entrar
El esclavo dio unos pasos atrás para conseguir algo de carrera. Se abalanzó a toda velocidad sobre su amo.
Dante salió disparado y notó algo mullido bajo sus manos.

En el interior Drött y Arnaldo observaban como los centauros se empezaron a proteger dando vueltas alrededor de la gente. Aprovechaban cualquier oportunidad para apalear a los que se habían quedado dentro de su mortal círculo. Los caballeros que trataban de usar picas, lanzas y hasta alguna biga rota de madera no conseguían más que defenderse puesto que los centauros corrían. Alguno consiguió saltar por encima de ellos y armar jaleo, hasta el punto de abrir una brecha en el círculo.
La batalla empezó entonces cuando los del interior del círculo de centauros decidieron lanzar piedras a las nucas de los que intentaban usar la brecha. Los caballeros usaban sus armas contra aquellos seres repugnantes. La sangre brotaba de todos lados. Afortunadamente para los planes de los humanos ninguno de los centauros llevaba armadura, lo que facilitaba el atacarles.

Dos de los niños que se habían escondido cerca de la armería entraron por una ventana y agarraron unas grandes dagas, las empuñaron y salieron corriendo por el hueco de la empalizada. Estuvieron discutiendo hacia donde dirigirse. Su intención era hacerse ricos atacando a gente rica en los caminos. Así que siguiendo las enseñanzas geográficas que recibieron de los monjes decidieron encaminarse más allá de las minas. Hacia el pueblo de los sátiros donde algunos elfos se iban a gastar el dinero escuchando las horribles historias y canciones de los sátiros.

Linny le propinó un buen bofetón a Dante en cuando pudo respirar. Tenía al cazador encima y se había quedado atontado tocándole los senos.
–¿¡Por qué huis como alimañas!?
–¡Estoy yendo en busca de Ghestur!
–¿No está con sus centauros?
–Nunca está donde corra peligro, aunque se mantiene cerca para celebrar la victoria, estoy seguro que no anda muy lejos.
Linny se quedó pensativa mientras Dante seguía encima suyo tentado de simular un tropiezo para volver a tocar sus pechos.
–Creo que sé por donde puede andar vigilando.

En el interior Arnaldo y Drött consiguieron escapar del círculo mortal y antes de que pudiesen irse por patas hacia la puerta se encontraron con Hanniah. Les dio unos arcos, flechas y una antorcha encendida, les dijo que se prepararan a disparar fuego hacia la plaza central cuando oyeran una trompeta. Nerviosos le hicieron caso y se apostaron sobre una casa anexa a la torre. La casa emitía un extraño olor. Un par de guerreros entraron en la casa y sacaron barriles corriendo. Drött supuso que debían huir con sus pertenencias o algo de valor, pero no le dio importancia. Bostezaron uno tras otro en una cadena interminable mientras se pasaban la antorcha para que no cayese sobre la madera del tejado.

Hanniah observaba como los caballeros con los escudos más anchos disimulaban lso movimientos de los chicos que cambiaban barriles de comida por barriles de pólvora. Más tarde deberían simular el tener que retroceder para hacerles caer en la trampa. El trompetista estaba subido a un tejado, esperando la orden impaciente; de hecho llevaba unos minutos viendo la sangrienta batalla con la boca en la boquilla.

Linny llevó a Dante y al esclavo hacia un árbol de tronco ancho y de altura media que se erigía justo al linde del bosque. Allí había un centauro con armadura, si Linny no estaba equivocada Ghestur debía estar subido al árbol, desde allí no vería exactamente el interior del fortín pero podría hacerse una idea de lo que sucedía. Dante le vio, pero pensó que lo mejor era primero ocuparse del centauro y dejar al esclavo y a Hanniah subir a por Ghestur.
Cuando Dante se acercó al centauro se dio cuenta de que había una cuerda a su lado. Estaba atada a un montón de piedras. Al seguir con la vista la cuerda vio que mantenía a Ghestur en una plataforma suspendida en el aire. Acto seguido vio como Linny y el esclavo se abalanzaron sobre Ghestur y la plataforma con las piedras subió a gran velocidad y estas salieron disparadas hacia el fortín. Cuando llegaron allí se oyeron un par de gritos, una trompeta y una gran explosión.

Arnaldo estaba aterrado en el tejado. Drött había recibido una pedrada y cayó inconsciente a su lado. La antorcha que en ese momento estaba en sus manos también cayó sobre el tejado de madera ahora en llamas. De repente la trompeta sonó, las flechas incendiarias fueron directas a la plaza del centro desde la que se vio una gran explosión. Arnaldo cayó de espaldas y se quedó tumbado incapaz de reaccionar.
Hanniah gritó desde su posición al ver el tejado en llamas, pudo discernir a su querido Arnaldo entre estas. De un saltó se lanzó sobre una pequeña parada anexa a la empalizada y corrió hasta la casa. Pronto se dio cuenta de donde estaban y se puso a temblar. Ello le dificultó el subir por una escalera. Arriba se encontró con Arnaldo y con Drött en el suelo, ya estaban conscientes pero el terror les inmovilizaba. Les dio una patada en la cadera y les obligó a levantarse. Al darse la vuelta para bajar corriendo por la escalera se fijó en el resto del poblado. Los centauros seguían en pie, de hecho estaban arrasando con los niños y con los ciudadanos del fortín. No veía ningún caballero.
El noble y el general gritaron que se retiraran hacia la torre, todos los arqueros y los pocos soldados que habían sobrevivido a la explosión acataron inmediatamente las órdenes de retirada. Pronto pudieron encerrarse en la torre.
Hanniah huía de la casa arrastrando a sus dos cobardes compañeros. Se acordó de que debía existir alguna salida en la empalizada. Se puso tras los establos que dejaban un buen espacio entre el muro de estacas y la casa. Allí vio marcas en la madera. Debían ser las de su hermano al forzar la salida. De repente se oyó el gran boom que temía. La explosión provenía de la casa donde encontró a Arnaldo y a Drött, el polvorín había explotado y en esos instantes la gran torre de piedra empezó a temblar. Uno de los muros empezó a ceder y cayó sobre un par de casas. El resto seguía resquebrajándose.

Dante estaba luchando contra el centauro. Linny y el esclavo habían matado a Ghestur en la caída. Así que ayudaron a Dante. Cuando consiguieron reducir al centauro oyeron otro gran estruendo. No el de más explosiones, si no el de algo mucho mayor. De repente miraron todos al fortín y vieron como la gran torre empezaba a ceder. Oyeron un grito desesperado, uno de terror y otro mucho más familiar. Era una voz tronadora y grotesca que mandaba. Era Hanniah.

El centauro se quedó absorto contemplando la destrucción del fortín, las puertas se abrieron y sus congéneres salieron cabalgando a toda velocidad. Él se unió en su escapada. Pronto todos ellos desaparecieron, esta vez dirección a las praderas del este.

Hanniah, Dante, Drött, Arnaldo, Linny y el esclavo decidieron seguir con su camino. Aquello no tenía que afectar a su principal misión. Y aun les quedaba un largo camino por delante. Pasaron cerca del muro derruido del castillo, sobre algunas ruanas todavía caían algunas grandes piedras. Un par de estas provocaron que durante un instante se creara una pequeña fuente de sangre. Era imposible que nadie hubiese sobrevivido a aquello. Hanniah vio el cadáver del noble. De golpe le vino a la mente como trataban a sus mujeres en aquel lugar y escupió sobre la cara del cuerpo sin vida...


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Siento mucho el retraso.
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martes 3 de marzo de 2009

La historia del gordo cazador en una gran misión en un mundo lógicamente fantasioso

Capítulo 4: Las dos noches

La caravana seguía avanzando en su trecho para su largo viaje, comandados por una figura jorobada y triste. Detrás suyo otra silueta triste, desesperanzada, suspirando continuamente mientras observaba como le seguían una embarazada acosadora y un joven apuesto pero atemorizado. A una distancia mayor los soldados rodeaban al esclavo, hablaban de sus pesquisas y sospechaban que el esclavo les robaba comida puesto que nunca parecía cansado por las largas caminatas que daban cada día. Y al final de todo estaba Linny maravillada ante la vida que se escondía en los arbustos que crecían junto a los caminos, los desperdicios de los viajantes lo hacían más fértiles que las ribas de los canales que recorrían aquellas tierras. Dibujaba los recorridos de los ratones en el aire, sobre el pelaje de su caballo apuntaba runas, su cara un prisma de felicidad que contagiaba a cuanto la rodeaba; una pena que ninguno de sus compañeros se diera cuenta. La chica se torcía en su silla tratando de seguir con la vista desde imposibles posturas todo aquello que le interesaba.


Si los caminos por los que avanzaban discurriera alguna persona, esta se hubiese alejado tanto como pudiese del variopinto grupo y seguramente hubiese contado la historia junto a unas cuantas jarras, desparramando alguna leyenda infundada sobre orcos tristes que van con grupos circenses. Los únicos que intermitentemente le daban sentido a ese camino eran algunos sacerdotes acompañando a niños a los que debían robarle su infancia. Lo único que había por allí cerca era un seminario casi ruinoso en el que no había duda de que los conocimientos espirituales y religiosos brillaban por su ausencia; no así la falsa moral. En cuanto pasaran de largo de tal templo de las violaciones el camino solo se dirigiría al bosque, temido por la presencia de los centauros, quienes huyeron años atrás de las amazonas y se refugiaron entre los árboles para no ser cazados con facilidad. En esos momentos Linny comentaba que existe una relación de simbiosis entre los sacerdotes pedófilos y los centauros.

–¡Animate jovencillo!– Escupió sin educación las palabras hacia Arnaldo.

–Por favor... apartarme de ella.

–Y luego el problemático soy yo–, añadió Dante en una queja demasiado manifiesta.

–No vale la pena defender a alguien que teme a una mujer. Y aun menos a una mujer que está preñada–, los bárbaros soldados no eran conscientes de sus palabras.

–Yo no hablaría así de ella, jamás–,agregó Drött con su característica voz entrecortada.

–El carácter a veces, es más fuerte que el físico–, el único comentario del esclavo que parecía indulgente con Hanniah.

–Energia y velocidad resultan en impactos superiores a los de masas mayores, incluso pese a durezas también mayores–. El chismorreo de Linny apenas llegó a los oídos de nadie, tampoco era importante para ella, sabía de antemano que no lo comprenderían.

–Nos está lanzando algún conjuro, será mejor callarla.

–¡Dejad a la elfa en paz!– Dante estaba completamente restaurado durante ese grito hacia los bárbaros–-. Creo que estaba explicando que Hanniah os puede dar una paliza.

Acto seguido el caballo del bárbaro frenó en seco. Le estiraba las riendas de modo que forzaba su posición, llegando a clavar su morro en su cuello. A través de los gruesos ropajes del soldado se podía entrever el rojo enfermizo de sus hinchadas venas. En su frente eran tan evidentes que parecía estar frunciendo el ceño y sus mejillas parecían brillar. Hanniah no se manifestó afectada ni aterrorizada, siguió adelante como si nada pasase. El orgullo de la mujer se impuso tanto que el mensaje era más que claro “no hay tiempo para tonterías” era lo que todos entendieron sin que siquiera articulase sonido alguno. Fue cuando el otro también paró de repente, atando al esclavo a su caballo con unos grilletes. Dante entonces actuó, acercándose a ellos y liberando a su amigo, indicándole que en adelante podía usar su transporte.

Uno de los soldados se acercó iracundo a Dante le agarró del hombre para darle la vuelta y alzó su puño con fuerza. Lo mantuvo apretado un tiempo, el mismo que Linny aprovechó para acercarse corriendo a observar la mano cerrada, formando algún compartimento estanco que ella quería descifrar. Dibujó en el suelo algunas espirales. No pudo seguir ya que recibió un pequeño empujón por parte del soldado quien la avisó de alejarse. Fue en ese momento cuando Hanniah bajó del caballo y se acercó al soldado para darle en la cara con la palma abierta, este perdió el equilibrio y se cayó. El otro militar quiso abalanzarse sobre ella pero un bastón se interpuso a la altura de su estómago, luego el sonido de este en el aire resultó en el de un hueso roto.

Este capítulo en el viaje resultó tan breve como confuso, todo acabó tal y como a Dante no le interesaba; con la huida de los soldados, rabiosos y con una flagrante ansia de venganza, el rencor ahogaba el ambiente. Este incidente y las consecuentes peleas y discusiones retrasaron tanto el avance que acamparon muy cerca de allí. Linny fue la encargada esa noche de preparar una hoguera, su esmero a la hora de seleccionar y colocar la madera competía contra la mermada paciencia de sus compañeros. Entre las ramas se denotaban figuras geométricas, la elfa consiguió con algunos golpes algo parecido a un icosaedro que dejó justo en el centro del pequeño montón. Rodeando las piezas de madera un montón de piedras ahuevadas de proporciones equivalentes; el círculo que formaban estaba trabajado con el mismo mimo. Alrededor había sentado a todos. La expectación por el ritual era máxima, aunque realmente lo que ansiaban era cocinar de una vez para descansar cuanto antes mejor y reponer fuerzas tras los conflictos. Un cuchillo, una pequeña piedra de cristal y una hoja envuelta de hojas secas fueron el inicio de su acto de magia.

Nada resultaba especial hasta el momento en el que sacó unos guantes de su bolsa y los acercó a la rama ardiente, instantáneamente su mano prendió con una gran fuerza pero lo sorprendente fue que al alzar su puño orgullosa al cielo el tamaño de la llama alcanzó una altura considerable. El olor que se desprendía era jovial, fresco y agradable, lo que aun dejó más atónitos a los presentes. Cuando el fuego decreció sopló sobre su puño en dirección a la hoguera y la encendió.

Sus compañeros no tardaron en presionar al fuego para calentar un puchero, un pavo y varias salchichas mientras ella exhibía la luz de su mano a las estrellas. Dante bromeó a los compañeros indicándoles que las salchichas provenían de partes de los orcos que nadie querría conocer. Cuando el guante de Linny ya estaba apagado se dio la vuelta para encontrarse con una imagen previsible. Los hermanos se peleaban por conseguir la mejor parte de la cena mientras Arnaldo aprovechaba el entretenimiento para repartir entre todos, con mucha amabilidad le dio a su primo Drött; quién agradeció el gesto tartamudeando y echando medio cuenco de caldo a sus pantalones, de lo que no se dio cuenta hasta acabar empapado. Solo alertó del hecho el esclavo que entre risas le tendió una manta al joven. Linny de repente enfureció al ver que la pequeña pelea entre Dante y Hanniah terminó con la fogata apagada y el puchero roto.

–¡Hætur! Minn hæ...–, no terminó la frase, supongo que convencida por los rostros de los demás que nadie la entendia–. ¡Impresentables!

–¿Nos está hechizando? –gritaba Arnaldo asustado.


–Las palabras–, pausó el esclavo con un tranquilo suspiro–, solo tienen el poder de la ofensa. Lo demás son atribuciones inferidas por la ignorancia.

–Entre la jodida loca y el esclavo de las narices empiezo a desear volver a la ciudad. Hablan idiomas raros y seguro que no es bueno para el niño.

–¿Desde cuando te preocupas por tus futuros hijos? Por cierto, ¿su sello era el de un caballo verdad?– La curiosidad, una de las pocas virtudes de Dante, ahora hacia mella en el esclavo.

–¿Hestur?

–¿Y ahora porque pasas de mi? Soy mayor y nuestra madre me dejó al cargo.

–Sí, te puso al cargo porque eres igualita a ella. Una mujer estúpida con la suerte de vivir más de lo que se merece.

–¡Veo que nunca recibes suficientes escarmientos!

–El problema es que tú nunca recibes ninguno...

–¡Claro! ¡Ahora dime de que soy culpable!

–¿Cuantos somos en el grupo? ¿No notas ninguna carencia?

–¡Sí, la de un líder con inteligencia!

–¡O la de una madura sensata!

–¡A mi no me grites!

–¿¡Y como voy a evitarlo si es el único idioma que entiendes!? Dejame recordarte una cosa, fuimos a la taberna a reclutar a mínimo seis personas. ¿Cuantas nos hemos llevado? ¡¡¡DOS!!!

–¿Qué hay de Linny?

–¡Ese no es tu problema!

–Por favor, ¿podéis tranquilizaros?– hacían caso omiso de Drött mientras seguían insultándose. El esclavo le recomendó no inmiscuirse.

–¡Claro! ¡Así que te traes a esa chica para fornicar pero lo mio con Arnaldo no es justo!

–¿Pero tu sabes lo que dices?– Arnaldo ya se había levantado ignorando a sus compañeros y dirigiéndose de lleno al bosque–. ¿¡Qué demonios hiciste con él!?

Linny ya estaba en el bosque escapando de las estupideces de ambos.

–Los objetivos se os irán de las manos si obviáis la razón.

Quedaron pasmados ante las palabras del esclavo que no tardó nada en ser objeto del maltrato verbal de Hanniah. Cuando se dieron cuenta ya estaban los cuatro a solas renegando en la oscuridad.

–Estáis en mi contra.

–Sí hermana, el mundo entero quiere sacarte de tu trono.

Dante se fue también hacia el bosque refunfuñando sobre el victimismo del que hacía gala su hermana.

–A veces los juicios de mucha gente coinciden por ser ciertos. De hecho es algo muy...

–¿Por qué no te callas y vas a buscar algo de leña? aún se puede recuperar algo de esta comida.

–En seguida señora...

El esclavo no quiso rechistar para evitar los duros golpes de la mujer, así que raudo se introdujo entre los árboles con una improvisada antorcha para buscar madera. No le costaba mucho encontrarla, el bosque estaba algo seco, tanto que seguramente sería fácil arrancar algún árbol de raíz. Habían varios riachuelos por los que ya no pasaba agua, toda era desviada a los campos de cebada y malta, en ellos encontró varias ramas de buen ver. Pero al volver algo le llamó la atención, unas siluetas oscuras en la noche. Las reconoció rápido, una se movía avergonzada y lastimosa pero tenía un buen porte; la otra parecía resplandecer en cierta manera, se movía con una gracia propia de una niña feliz. En vez de entremeterse o espiar lo que harían Linny y Arnaldo decidió seguir estoicamente las órdenes de “la zorra”, única descripción que le venía a la mente de esa mujer.

Linny cansada de perder el tiempo lanzó su voz a Arnaldo, algo que no llegó a sus oídos, un par de árboles adelante. Arnaldo sin embargo llegó a oírla a percibirla como una voz de ultratumba y al darse la vuelta presenció la belleza de la elfa que también le pareció fantasmal. Un par de pasos hacia atrás hicieron que se tropezase con una raíz cayendo al suelo y apunto de chillar, pero antes de que lo consiguiese Linny ya tapaba su boca con sumo cuidado. Un trapo se interponía entre ambos, uno a través del cual Linny le obligó a inspirar haciéndole unas sutiles cosquillas en las orejas con un soplido. Los ojos del chico empezaron a brillar, su expresión se volvió más alegre, parecía un feliz habitante de los pueblos de la endogamia del sur.

Tendido era incapaz de mirar más allá de la rubia melena de la chica, notaba como algunos dedos se acercaban a su cuello con una cierta presión lo que aceleró su corazón. La otra mano de la chica viajaba a ras del estómago de Arnaldo, produciendo escalofríos a lo largo de su delgado cuerpo. La elfa buscó una rama en el suelo y la clavó cerca, mojó una parte y la otra la roció con unos polvos, con el cuchillo y la piedra de antes encendieron una fogata solo en la parte superior mientras la inferior parecía convertirse en cristal; Arnaldo no se percataba de ello, seguía hipnotizado por la curiosa luz de la melena de Linny.

De la bolsa aún sacó más cosas. Una especie de vela que encendió con las ramas que parecían no desgastarse pese a la combustión. Dejó caer un par de gotas de cera que Arnaldo esperaba ardientes pero que al contrario, estaban frías como el rocío en invierno. El parecer de un anciano en una esporádica noche de sexo es el que se imprimió en la cara del chico, mientras parecía que la elfa lo inducía hacia la inconsciencia. No duró mucho la tranquilidad de esta situación. El crepitar de las llamas y la respiración calmada de ambos pronto se vieron superpuestas por los patosos ruidos de algún ser escondido tras los troncos de los árboles. Los pasos sobre las hojas secas eran muy irregulares, empezaba a ser evidente que no eran animales si no alguna persona del grupo. Linny ya estaba segura de que Hanniah se había adentrado en el bosque en busca de Arnaldo, no cambió su expresión seguía tranquila pensando en como “el líquido amniótico de esa mujer ya debe haber penetrado en su cabeza”. Los diálogos internos de Linny siempre resurgían a través de una incontrolable vocalización que junto a una respiración fuerte permitía escuchar alguna vez lo que sucedía por sus pensamientos.

Arnaldo sudaba, sus ropajes le caían y el reflejo de la luna hacía notar su delgado torso. Linny en una mano tenía el cuchillo mientras que con la otra lanzó una piedra a una roca cercana, usó los pedazos a modo de arma con la que seguir amenazando. De repente la rubia alzó una voz inesperada, orgullosa y fuerte con.

–¡Hanniah! Espero tengas suficiente sentido común...

Arnaldo se había levantado ya apoyándose contra el árbol más cercano, sus ropajes volaban por el viento y su barriga quedaba al aire, no existía rastro de vello excepto en el pequeño camino que dirige a uno desde el ombligo hasta las zonas íntimas. Los pantalones no le caían porque su postura aún mantenía sus piernas bien abiertas. Se tuvo que agarrar al tronco porque le temblaban todas las extremidades, dejando su torso más expuesto.

La silueta se movió repentinamente. Un rápido jadeo provenía del mismo lugar. Linny seguía erguida y amenazante. Un par de pasos para acercarse y Arnaldo salió corriendo, la figura también hizo lo mismo. Linny se interpuso en el camino de la figura y le hizo una zancadilla. Hasta que la cara de Dante no llegó al suelo Linny no se imaginaba que estaba equivocada, pero tras ver a Dante casi se puso a llorar. Se despistó de nuevo al oír un ruido proveniente del mismo lugar por el que Arnaldo había salido corriendo, era el chico en el suelo con la cabeza plantada como Dante pero las rodillas hincadas en el suelo y sus pantalones habían dejado visibles las zonas impuras. El cazador alzó la mirada y en un espasmo se levantó para ir corriendo hacia Arnaldo, la elfa pudo reaccionar a tiempo y se enganchó sobre el gordo como podía, tapándole los ojos. A ciegas Dante pateó la vela encendida. Esta cayó en las hojas secas que empezaron a prender a toda velocidad.

El fuego avanzó tan rápido que apenas Arnaldo estuvo corriendo de nuevo ya se había iniciado un gran incendio. En un suspiro el bosque ardía de punta a punta, los ríos secos sirvieron irónicamente de cortafuegos, al contrario sucedió con el seminario cuyos altos muros no sirvieron de nada. Dado que las ventanas eran muy estrechas los únicos que consiguieron salvar sus vidas fueron los niños que allí había, aproximadamente una docena de menores que llegaron corriendo hasta el campamento del grupo. Hanniah se puso a adiestrarles antes siquiera de tranquilizarles mientras Drött repartía las mantas y los alejaba cuanto podía del fuego. Arnaldo saltó de entre troncos caídos y a medio caer, lanzándose casi desnudo sobre Drött y justo después Dante con Linny agarrada a su cuello. Este recibió un narcótico puñetazo por parte de Hanniah. Como no hay mal que por bien no venga se aprovecharon del calor desprendido por tal catástrofe para dormir al cielo raso.

Por la mañana se despertaron rodeados de un mundo muy distinto al del día anterior. Todo era gris, espeso, un claro indicativo de los peligros ocultos en el bosque. Dante en un momento de lucidez tuvo la genial idea de andar por los cauces secos de los ríos. Los niños seguían a la hermana de Dante, dando lugar a un nuevo y opresor imperio matriarcal. Arnaldo escuchaba atentamente los consejos del esclavo, Drött vigilaba los pocos niños que no atendían las órdenes de Hanniah y Linny... Linny viajaba con sus manos por el aire; antes, había introducido su nariz en uno de los frascos que llenaban su bolsa.

No tardaron mucho en llegar a zonas intactas del bosque por las que retomar su camino en la dirección correcta. La espesura había aparecido, pero solo en las copas de la arboleda, afortunadamente para Linny ello suplía la falta de arbustos y siguió disfrutando recorriendo con la mirada las complejas formas que las ramas formaban en conjunto. Cuando el viento sopló desde su espalda y les trajo algo de humo todos se sintieron tristes excepto la elfa, casi extasiada al contemplar los rayos del sol en su recorrido entre los claros de los árboles.

Durante el trayecto todos permanecieron callados, avergonzados o simplemente tristes. Solo una voz resonaba por todo el bosque asustando a la fauna local, la de la embarazada, incapaz de callar. Adoctrinaba a los niños, a los que consideró como su salvación, su toma de mando. Dante le avisó de la brevedad de tal situación, no podían permitirse más retrasos con esos niños, un coste extra en cada parada. Ella no se enfadó, ni se sintió mal, de hecho disfrutaba con sus retorcidos juegos y de su papel como líder. Lo contrario le sucedía al esclavo, incapaz de dar a basto con tanta responsabilidad, además sufría una batalla en su interior por la contradicción al respecto; estaba en contra de dejar a los críos tirados en el siguiente poblado. Se dirigió a Arnaldo y a Linny para tratar de reunirse y hablar con Dante sobre los chicos. A Drött no se le tuvo en cuenta, su paso apenado desmoralizaba al propio interlocutor.

A mediodía decidieron hacer una parada para reponer fuerzas. El momento en el que el esclavo trató de discutir con Dante, pero este estaba tan avergonzado que no quería hablar. No se atrevió a insistir y el grupo de dividió un poco más. Solo a Dante le preocupaba lo acontecido en la noche anterior. Los niños querían acercarse para agradecer que les liberara de su sufrimiento y trataron de hacerlo pero solo consiguieron gritos de desaprobación y un enfrentamiento verbal entre las dos mujeres. A partir de allí el camino se convirtió de nuevo en una hilera de discusiones carentes de sentido por culpa de los reniegos de Hanniah y la pérdida de concentración de Linny.

De repente la elfa saltó de su caballo y se fue corriendo adentrándose en el bosque. La hermana de Dante bromeó con alguna alusión escatológica nada diga de mención. Oyeron un silbido hacia el que el caballo de Linny se dirigió cabalgando torpemente. Hanniah que temía perder propiedades tan valiosas ordenó que la fueron a buscar, se acomodó paciente esperando el regreso de todos. Un chillido hizo que esta junto a su infantil ejército decidieran moverse también.

Nada más llegar oyeron voces de todos lados, estaban rodeados por algún grupo del cual se deducía sufrían retraso mental. Aparecieron detrás de los troncos más grandes, altos como bárbaros. El relinchar de uno de los nervioso caballos dejó a la vista la naturaleza de los seres. De penoso y marcado origen nada más verlos medio grupo sufrió arcadas. Estas pezuñas gastadas, las patas algo delgadas y altas y la peluda y curiosa unión entre el torso y el resto del cuerpo. Dante se atrevió a dirigirse a ellos.

–Buenas tardes, ¿qué os trae a...?

–¡Callate! Los párrocos, ¿qué les ha pasado?

–¡Nosotros no tenemos nada que!

–¡Callate! ¡Te llevaremos a Ghestur!

Acto seguido les ataron a todos y se los pusieron en sus lomos, Hanniah no pudo evitar vomitar. Tuvo la oportunidad de excusarse argumentando que el parto estaba cerca–, algo cierto–. Nadie estaba asustado, Dante transmitía una gran indiferencia. Pararon cerca de lo que parecía un poblado, apenas miraron en ese instante en esa dirección, todos estaban atentos a los duros pasos de un trote distinto, más distinguido, casi rítmico. Cuando le llegaron a ver pese a la incómoda posición se sorprendieron todos menos el veterano aventurero. El centauro se exhibía altivo, pertrechado con una ligera y delgada armadura plateada que le cubría casi todo el cuerpo, incluida la mitad humana. El casco tenía una forma intermedia y estaba adornado con algunas joyas. En las pezuñas unas herraduras con alma de zapatos que chasqueaban incluso en la tierra blanda, los brazos también cubiertos armados con una lanza de justas y en su lomo la mayor incongruencia: un hombre montando al centauro con una amplia sonrisa mostrando unos dientes alternados entre el dorado oro y la negra podredumbre, encima de su agrietada y seca calva una corona cuyo tamaño convertía a tal hombre en un bufón.

–Llevadles a las jaulas, hablaré contigo–, señaló a Dante con desdén–, más tarde.

Los transportaron a través del pequeño poblado. Estaba muy poco trabajado, las casas eran sencillas hasta extremos inexplicables. Cuatro paredes formadas por maderas puestas sobre planchas en el suelo, con unos enormes huecos en los rincones. Los techos eran aún más penosos, formados por mitades de troncos puestas sobre las paredes y sobre el que se encontraba una gruesa capa de hojas húmedas. Las cabañas formaban una especie de círculo alrededor de una pequeña plaza hecha con piedras de río en cuyo centro había un pozo rodeado por una ingente cantidad de carne y verduras. Finalmente tras atravesar el poblado había un árbol de gruesas ramas desde las que colgaban un par de grandes jaulas, estaban oxidadas y las cuerdas roídas por el tiempo y por los pájaros que lo usaban de nido, estos habían otorgado una espesura al suelo de las jaulas con sus mierdas. Al otro lado del tronco había una rama partida y los restos de una jaula en el suelo. Arrojaron a sus nuevos presos dentro de estas sin ningún tipo de cuidado, los niños se quedaron alrededor de estas vigilados por dos centauros de fuerte cuerpo pero hinchado torso.

La multitud se acercó al corro de niños y les recordaron sin pausa alguna su obligación de estar con los clérigos. Les abuchearon y les patearon. Escogieron las verduras que más tiempo debían llevar en la plaza y se las echaron por encima. Si la humillación no había sido suficiente, mandaron a los centauros más jóvenes a jugar con los niños. Los trataron como juguetes a romper. Linny no podía soportarlo y no dejaba de gritar palabras en su idioma, hasta el momento en el que consiguieron amordazarla con fuerza y amenazaron a los demás de no soltarla. Ghestur se presentó ante los presos.

–Cuanto tiempo compañero.

La voz del hombre era muy irritante, demasiado aguda y formando unas cadencias ascendentes insoportables que convertían cada frase en una especie de interrogación.

–Nunca el suficiente– constestó Dante sin mirar a su interlocutor.

Tales palabras desataron una de tantas discusiones llenas de referencias al pasado que solo ellos dos comprendían. Las horas fueron pasando entre gritos y golpes frustrados por los barrotes. Las cuerdas vocales de ambos empezaron a ceder dando paso a una serie de tosidos y gruñidos que impedían el flujo de alguna frase con una construcción decente. La luz fue desapareciendo con el mismo ritmo que ambos dejaban su interminable discusión y los pueblerinos decidieron empezar a cocinar y dar algo de carne cruda a los presos. Simularon desconocer método alguno para encender un fuego sin la presencia de su jefe. Así que empezaron a preguntar a niños y al grupo, todos fueron lo suficientemente inteligentes como para contestar que no recordaban o que no eran capaces hasta que llegó el turno de Drött que tímidamente afirmó ser capaz.

Le sacaron de la jaula y le empujaron hasta el otro lado del poblado donde le empezaron a golpear y a interrogar. No pararon de acusarle de ser el causante del incendio, de amenazarle con torturarle durante meses para luego dejarlo abandonado en algún recóndito lugar de las montañas. Nadie sintió compasión por el chico, ni siquiera el esclavo que le avisó de pensar detenidamente lo que dijese en aquella situación. Arnaldo no se enteró de nada, dormía relajado en el suelo de la jaula. Pero uno de los guardias se puso a juguetear con un palo dándole golpes en su estómago hasta despertarlo con el dolor. Primero se enfureció aunque nada más oír los gritos de su compañero en apuros cambió su actitud. Protestó de mil maneras, nervioso imploraba algo de compasión pero nadie le escuchaba.

–Tranquilo Arnaldo, si le fuesen a matar estaríamos preocupados. No lo harán, lo que le convertirá en un lastre.

–¿Un lastre?

El cazador no se dignó a resolver sus dudas. El esclavo se vio obligado a mostrarle el estado de los barrotes al tiempo que Hanniah y Linny le enseñaban los cuchillos que se habían guardado escondidos en la cadera.

–Nueve, nueve cada segundo y cada segundo de estos más. Al cuadrado–. Inteligibles palabras de Linny.

–Y¿Por qué permitís esto?

–Nadie se esperaba que alguien fuese tan estúpido de caer en una trampa tan evidente.

–Les ha dejado suficientes razones en bandeja como para ser colgado.

–Pero no lo harán mientras Ghestur esté ocupado.

–Hermano, ¿de qué os conocéis tanto?

–Esperemos a la hora de la cena.

–No me esquives.

–No te incumbe.

Un par de horas más tarde devolvieron a Drött a la jaula, echo polvo e inconsciente. Daba espasmos dolorido así que Linny le puso una hoja marrón debajo de la lengua, entonces pro su respiración pudo notarse mucha calma. Todos deseaban el cambio de los guardias aunque ninguno de ellos depositaba suficiente confianza en la esperanza del cazador que les decía que ambos desaparecerían. El grito de una mujer de edad avanzada cedió pronto al alegre rechinar de un centenar de caballos. Todos se reunieron en el centro del poblado y se dispusieron a comer formando un gran alboroto. Al principio se comieron las verduras, sin sazonar, sin limpiar, directamente tal y como las habían tirado. Agachaban sus torsos hasta llegar al suelo parecían caballos comiendo alfalfa. Los guardias se quedaron frente a las jaulas lo que inició una batalla verbal entre los hermanos. Ninguno de los dos centauros alertaron sobre las intenciones de los presos, estaban concentrados en la comida y simulaban seguir vigilando a los niños. Cuando subieron el volumen de la pelea se enteraron pero preferían no darle importancia. Siguieron así cada vez llamando más la atención. Entonces Linny aprovechó para sacar un poco de azúcar y dejarlo en sus manos.

Los dos se acercaron aprisa y se inclinaron hasta poder degustar el dulce sabor de los polvos. Al ver que se confiaron con tanta facilidad les apartó la mano. Ambos se pusieron a lloriquear forzando los barrotes, al volver a acercársela aprovecharon para cortarles el gaznate. El siguiente paso fue cortar las cuerdas. La caída fue muy ruidosa y ninguno de los susodichos barrotes llegó a romperse. Estuvieron callados unos minutos, expectantes ante la lógica reacción de los animales, pero no sucedió nada. La elfa, siempre adelantada a los movimientos de todo el mundo, entendió la situación con rapidez y propuso un plan que podría resultar infalible. Requería de la habilidad de Hanniah para con los niños.

Los callados y pasmados chavales escucharon el plan de los labios de su nueva madre y la obedecieron. Su efectividad fue excepcional. Recuperaron los caballos y consiguieron cuerdas. Ninguna de las dos misiones fue peligrosa en absoluto. Los ataron a los barrotes y les fustigaron hasta que las barras cedieron. La muchedumbre seguía demasiado ocupada como para preocuparse de los presos. Montaron a prisa pero los niños les barraban el paso. Cuando se dieron cuenta empezaron a correr junto a ellos. Pese a su estado y al hambre seguían a los caballos de cerca, las raíces y ramas bajas dificultaban la huida en monturas.

Al final llegaron a un pequeño fuerte donde planearon pasar la noche. Antes de que llegaran a hablar con el guardia de la entrada aparecieron los niños sollozando. El soldado sospechó de los aventureros y empezó a hacerles preguntas. Al escuchar que hablaron de centauros se negó a dejarles pasar. Nerviosa y desesperada Hanniah le hincó los dedos en los ojos, justo entonces sonó un cuerno de guerra.

–¿La Caballería? ¿En plena noche?

El esclavo no podía creerse que pudieran aparecer con urgencia la mayor fuerza de la casa real en medio de un lugar sin interés.

–No precisamente– aclaró Dante.

–¡Guardia!¡Abre!

–No puedo... esos niños eran vagabundos que regalamos para evitar la maldición que les acompaña.

–¡Bastardos!– gritó Hanniah.

–¡Eso es! Todos son hijos bastardos de los nobles de esta zona. Hay muchas viudas de caballeros y mujeres despechadas en busca d una vida fácil. Una panda de zorras aprovechadas que–, Hanniah de nuevo le metió los dedos en los ojos–. ¡Estas como un puto sátiro! ¡LOCA!

La elfa sacó uno de los frascos de su bolsa, estaba harta de rebuscar en ella y le empapó la cara completamente a la histérica embarazada. La mujer cayó dormida al suelo.

–Escuche–, otro sonido del cuerno, esta vez mucho más cerca–, dese prisa. Abra. Abra. Muchas posibilidades usando niños. Piense. Pagos repetidos. Yo me ocupo. Deflagración.

–¿¡Qué demonios dice esta bruja!? ¿Mal de ojo?

–¡Abra la puerta y ella se ocupará de los centauros! ¡Se lo juro!

El guardia asustado se apartó de la puerta.

–Si no lo hace, se ocupará de todo el fortín. Creame, es capaz.

La amenaza funcionó. Rápidamente abrió la puerta dejándola caer. En cuanto entraron todos ayudaron a subirla. Linny se había quedado fuera preparando una zanja semicircular y un agujero en el suelo. En la zanja vertió unos polvos y en el agujeró metió una botella en forma de huevo, picuda por la altura del culo. Los abominables seres que les habían perseguido estaban muy cerca ya.

De entre los árboles aparecieron una multitud. La rubia no se inmutó y seguía ocupada preparando más polvos. En su guante preparó un fuego mientras les gritaba en su idioma para intentar imponerse. Alzo el puño en llamas y prendió el pequeño surco luego lo acercó al huevo y lo agarró. En una especie de clic se alejó dando una ágil voltereta hacia atrás. Una explosión lanzó el fuego a gran distancia hacia los centauros que huyeron de vuelta al poblado. Linny soltó una carcajada de satisfacción que Dante no soportó, le resultaba familiar. Demasiado familiar.

Cansados todos decidieron pasar la noche en el fortín...

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Siento mucho el Retraso, prometo que no volverá a pasar...
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miércoles 5 de noviembre de 2008

Capítulo 3

La historia del gordo cazador en una gran misión en un mundo lógicamente fantasioso

Capítulo 3: La comunidad del gordito

El público vitoreaba, centenares de manos al aire, miles de voces de ánimo, millones de pétalos de flores por el aire y una innumerable cantidad de campanadas desde cada una de las torres de Talicap. Hanniah se había cubierto con sus mejores galas, las de su madre, las de una obsesión por la clase alta; saludaba intentando simular una gracia natural inherente a la nobleza, aunque no conseguía más que la burda mimética de una panadera prostituyéndose. El esclavo alzaba su cuello hasta límites insospechados, parecía querer destacar aunque se encontrase entre los caballos de Dante y su hermana. El pobre cazador no podía moverse siquiera, le habían cubierto completamente con una enorme e incómoda armadura que conseguía transformar su figura; muchos creerían que en su interior habría un apuesto caballero y no un mal-formado de clase baja. En el interior del montón de hojalata apenas llegaba sonido alguno del exterior, solo podía oírse el ruidoso respirar de Dante que parecía el de un enfermo apunto de morir. Su barriga se deformaba hasta el punto de rozar su barbilla, sus piernas no alcanzaban a llenar las botas, sus pies sufrían forzados a mantener una postura erecta y su cara estaba apretada por el casco. Pero la peor sensación de todas era la de asistir a su propio funeral, consciente de ello y de que nunca tanta gente visitaría su tumba jamás.


El viaje por la avenida principal resultó ser una tortura interminable, un sufrimiento que no terminaba mientras Hanniah disfrutaba de su momento de gloria, enseñando su cara a los ricos que habían salido al balcón a admirar a quienes iban alegres a su funesto destino. Ella también aprovechaba para escupir hacia la plebe, no de forma descarada pero si un tanto indiscreta. Nadie se daba cuenta excepto los de la corte que no soportaban ver tantos excesos y tanta falta de compostura en una mujer, por ello uno de ellos acabó acercándose a ella y la riñó por lo que hacía; evidentemente Hanniah no hizo caso alguno.

Al final consiguieron traspasar las fronteras de lo urbano, el contraste que se dio entre el vivo y cálido ambiente de la ciudad a un aislamiento general que solo le recordaba a Dante la agresiva sensación de asfixia que sufría. Quitarle el metal de encima fue toda una odisea, digna de una explicación técnica de un curandero o un carnicero. Las cicatrizaciones no sanadas de la cara se habían pegado al casco, la sangre coagulada provocaba un dolor casi mortal y se estiraba en forma de rojizas lombrices cuyas cabezas mordían pieles de distinta naturaleza. Pero eso no preocupaba a Dante más que sus sufridas piernas que al ser arrancadas, por ser la expresión más oportuna en este caso, no tenían fuerzas para mantenerse en pie; sus tobillos estaban tan hinchados que se confundían con unas segundas rodillas en el final d una extremidad extremadamente larga. El suelo tuvo que acarrear el peso de su enorme barriga, la cual cambiaba su tamaño a la misma velocidad a la que jadeaba. Fue entonces cuando Hanniah demostró de nuevo su falta de tacto y de amor y, harta de esperar el inicio de su aventura, lo levantó de la oreja y le soltó un golpe en el coxis para provocar el espasmo que le obligó a mantenerse erecto.

Comandados por una mano guía que no conseguía apuntar siquiera, partieron hacia una taberna, antes de la despedida del astro rey. El establecimiento estaba afincado entre cuatro casas gigantescas y en medio de un cruce de carreteras que a su vez parecían las fronteras de varios trabajos rurales. Curiosamente no había cartel alguno que indicase que era una taberna, excepto el ambiente típico de estas: los borrachos vomitando en el porche, las mujeres enfadadas discutiendo con sus parejas, los hombres flirteando hasta con los animales que se cruzaban, ... un sinfín de claros indicios de que allí el alcohol hacía estragos en la sociedad suburbana. Pero esa taberna era algo más que el símbolo de la indecencia, también era un lugar de paz entre cuatro familias, y nada más entrar uno se daba cuenta del hecho, pues existían rasgos muy marcados en todos los allí presentes, algo mezclados en alguno que actuaba como un chiquillo; era el punto de encuentro entre los habitantes de las cuatro casas y, seguramente, a esas alturas ya existían ejemplos de incesto claro entre ellos. Las pocas mujeres que no actuaban como esposas eran jóvenes, de muy buen ver que trabajaban de camareras y se dejaban toquetear con mucha facilidad por los clientes, por primos. Este hecho molestó a Hanniah, que se enfureció al verlas tan serviles y se abalanzó sobre la barra para preguntarle a la más coqueta donde estaban los dueños de ese antro. Dante no se había dado cuenta del rápido avance de su hermana, él estaba fuera, esperando al esclavo quien ataba a los caballos. La embarazada obtuvo una respuesta de sorpresa y una indicación, justo en el centro del local había una mesa redonda y vieja en la que se habían acomodado cuatro hombres de unos setenta años. La tabla estaba justo a la altura de sus flácidos muslos, daba la sensación que eran las piernas de estos hombres las que sostenían el mueble. Encima se veían jarras de cerveza vacías y muchas marcas de cuchillos, aparte de tres manos y un muñón. Cada uno de los abuelos de esa gran familia evidenciaba sus defectos y manías de un simple vistazo. Sin embargo la vista de Hanniah no se puso en ellos el tiempo suficiente, solo se dirigió a gran velocidad hacia ellos, con una mirada asesina. Al darse cuenta dejaron de hablar y metieron un sorbo a sus jarras que vació, por lo menos, la mitad de lo que allí se contenía.

–¿Por qué sus nietas están trabajando como zorras? –Los ancianos siguieron sorbiendo–. ¡Atajo de parásitos! –Uno de ellos la miró entonces, apenas se adivinaba la dirección de sus ojos al estar rodeados de flácida piel y del cristal de la pinta, que no apartó más de dos centímetros de su cara.

–Nos acusas de parásitos porque...

–Porque os estáis aprovechando de vuestra propia familia.

–Es el único negocio que no se nos ha hundido por ahora. Además no creo que esto sea asunto tuyo–, dijo mientras otro de los ancianos hizo el gesto de dirigirse a ella.

–Y... por lo que veo–, señaló con el muñón al bombo de Hanniah–, no te quedas corta–. Automáticamente la mujer le lanzó un bofetón, Dante que por fin era testigo de la situación corrió hacia la mesa. Todos los que estaban allí presentes callaron. El silencio que precedía a una posible tormenta.

–¡Quieta!–, gritó Dante.

–¡Me ha insultado!

–No creo que tu seas inocente. Estos siempre me echan una mano antes de ir a trabajar.

–Eso significa... que te tratas con estos imbéciles...

–Gracias a estos imbéciles no hemos pasado hambre.

–Entiendo... También prostituyen a sus nietas–. Dante se quedó estupefacto, no tenía respuesta a tal ataque, a tal evidencia.

–¿Es tu hermana mayor?– Preguntó el viejo que había recibido el bofetón. Dante afirmó con un gesto, anonadado.

–Me dijiste que era lo peor, pero que no sería tan bruja–, sorbió–. Una cosa es tener mal genio, la otra es que se parezca tanto a mi mujer.

En menos de un instante apareció una mujer de entre la curiosa muchedumbre para acercarse al anciano y atestar un puñetazo en la otra mejilla. El esclavo que había entrado en ese momento se quedó estupefacto al ver a tanta gente admirando el golpe que recibía el pobre hombre. Hanniah quiso aprovecharse del momento y fue a por los huevos de Dante, a obligarlo a pedir disculpas por acusarla de haber empezado la discusión. Estremecido le suplicó el perdón y fue tal acción la que hizo que ambas mujeres se lanzaron una hipócrita y cómplice sonrisa. Ellas iniciaron su discurso.

–No entiendo porque siguen creyéndose que son los amos. ¿Cómo controlas al tuyo? Parece muy obediente.

–Mano dura, además cuento con mi familia entera para torturarlo.

–¿Para esto hemos venido aquí?– apuntó el esclavo. Ambas respondieron a la provocación juntas.

–¡Traenos una jarra ahora mismo y calla!– Pudo ver como todos los hombres que le rodeaban amagaron sus bultos a la altura de sus cuellos. Tuvo que acatar las órdenes.

–¿Cómo utilizas a tus hijos? Los míos solo me miran cuando necesitan algo.

–Eso es porque los debes mimar, la gracia es premiarles cuando se dan cuenta de que hacen lo que a ti te interesa–. Con estas palabras la gente del local construyó de nuevo un ambiente más alegre, aunque la base era inestable–. Yo cometí el error de educar bien a mi primer hijo.

Paralelamente Dante inició una conversación con los ancianos, se sentó junto a esa desgastada circunferencia de madera. Su actitud fue la de evitar tener más problemas con las dos matriarcas y empezar de cero la jornada, iniciar el debate olvidando lo sucedido.

–¿Qué te trae esta vez por aquí?– cuestionó el anciano de la jarra, que todavía la sostenía a pocos centímetros de su boca, escondiendo siempre su cara.

–Scokh, necesito a gente más preparada que nunca, ¿me acercas una silla?– aprovechó el paso de su anónimo esclavo con la cerveza para las brujas. Se la acercó gustoso–. Gracias, siéntate por aquí con nosotros–, ofrecimiento que rechazó inmediatamente Hanniah.

–¡Es un esclavo! Haz que te traiga algo.

–¿No tienes una importante conversación con Mariel?– Estas palabras hicieron que la mujer se diera la vuelta para ver a su compañera.

–¿Mariel? Me suena mucho tu nombre...

–Será suerte que solo se conozca su nombre. Porque si se conociese lo que hizo–, añadió el marido de Mariel, cuyos mofletes mostraban signos de hinchazón.

–¡Te comerás la jarra!– Le replicó Hanniah.

–No le quedan dientes ya...– agregó Mariel.

–Si comentase porque ya no están mis dientes donde deberían... me quedaría sin encias.

–Creo que seré muy afortunado si a tu edad sigo con piernas–, ironizó Dante.

–¿Cómo decías que hacías para adiestrar a tus hijos?– volvió a cuestionar Mariel.

–No solo los míos, los de mis hermanas también.

–Cuanta valentía, ¿de cuantos hijos hablamos?

–De siete por madre, unos cuarenta y ocho hijos. Espero que no aprendan nada de este inútil, solo hace que meterse en líos.

Ellas siguieron hablando a solas mientras a su lado las risas llenaron el local gracias a la reciente anécdota de la rata frita, del calabozo y de la princesa cabreada. El afecto que mostraron tener entre ellos era mucho más que evidente, un vínculo longevo que había sobrellevado el peso de los años y de muchas desgracias. Las dos acercaron su mesa a la de los hombres, dejaron descansar sus jarras encima de esta y los hombres, en una sorprendente coreografía, se limpiaron sus bocas con sus ropajes. Señal usual de la seriedad que se avecinaba en el nuevo tema de conversación:

–¿Cuál es tu objetivo actual?

–Si empiezo por ahí... no me ofreceréis vuestra ayuda.

–¡Otra misión suicida!– exclamó el único que todavía no había hablado, una persona cuyas orejas imitaban a las de un perro, caídas efecto de la gravedad, al decir esto clavó un cuchillo en la disgustada madera–. ¡No será esta vez sangre mía la que se pierda!

–No creo que haya venido para acabar con otro de nuestros nietos–, intentó justificar el manco.

–Pero es peligrosa, aun así, ¿Cual es la oferta?

–Un botín de Cenicienta.

–¿Orden de la reina?– Saltó exaltado el desdentado.

–No, de la princesa– dijo Dante vagamente.

–¡Suicida!– gritó de nuevo el mismo viejo apretando con fuerza el mango del cuchillo.

–Me imagino que debes haber recibido algún adelanto solo por aceptar–, había deducido el viejo desdentado.

–Mi hermana ya debe haberse gastado todo ese dinero.

Las dos mujeres podían oír todo lo que dijesen, aunque disimularon solo para sacar más información.

–¡Así que los tienes bien controlados! Con su ayuda debe ser un paseo el domesticar a tu hermano.

–¿Acaso tu no controlas a tus hijos?

–Soy la única abuela que queda con vida, ni siquiera conozco a todos los que debería críar.

–Estos días podría ayudarte.

–¿Os pensáis quedar mucho tiempo?

–Es nuestra obligación si lo que busca es reclutar a suficientes ayudantes. El desecho este opina que no tenemos posibilidades de salir con vida.

–Si os envía la princesa es para lo mismo que ha enviado siempre a la gente. Intereses propios para conseguir algo que realmente, es imposible–, Mariel no pudo esconder su preocupación–. Las visitas de tu hermano son temidas en estos lares; cada vez que contrata a alguien desaparece. El hombre que ves con el cuchillo es Gabriel, todavía no le ha perdonado que se llevara a su hijo mayor. Se llamaba como él, Gabriel.

–¿Tan importante era?

–Gracias a ese chico hubo una época de trabajo muy buena.

–¿Reciente?

–No, sucedió la primera vez que vino tu hermano. Gabriel es muy rencoroso. Hará ya unas cuantas primaveras, puede que diez. Dante se cruzó por esta zona en una era de felicidad, todos nuestros hijos se habían casado, excepto Gabriel. Se pasaba el día cuidando los campos de cebada y de malta, conseguimos ganar el concurso a la mejor cerveza de la temporada y abrimos esta taberna. Fue una decisión que pareció acertada durante un buen tiempo. De entre la gran afluencia de gente que tuvimos durante el primer año apareció tu hermano. Su entrada fue desastrosa, le habían empujado y rompió la puerta, todo el porche quedó también destrozado. Lo primero que llamó la atención de las camareras fue su expresión de asco y angustia, además su aspecto las asustó y salieron corriendo y gritando. Me avisaron en cocina de la llegada de un “horrible trol” al bar. Cuando salí me encontré con todos los chicos riendo y bebiendo, por lo que me olía que fuese una broma estúpida. Pero entonces vi como sus delgados y largos brazos aparecieron del suelo para agarrarse a las sillas, y noté que la puerta estaba siendo golpeada por algo. Me acerqué deprisa con un cuchillo en la mano y al darse la vuelta me asusté pero no me atreví a clavárselo; le empecé a preguntar quién era y qué hacia aquí. Su respuesta es bien recordada por todos, aunque nadie pensó que fuese ironía: “Robar cerveza”. Acto seguido entró Gabriel nervioso con un garrote en sus manos que picó en la cabeza de tu hermano. Todos nos lanzamos a por él tras recibir el golpe, tuvimos que evitar que le matara para así poder pedir alguna recompensa. Nuestros hijos se lo llevaron al pueblo cercano, a pie de montaña, donde trabajan familiares lejanos, todos ellos parte del ejército–. Mariel se permitió un descanso para echar mano de la bebida y espiar la conversación de al lado.

–Eres un puto imán para los problemas. No me lo explico como te puedes meter en una misión como esta. ¡Atacar y matar a los hermanos Kazam! Eso ni siquiera debe ser posible, ni herirles se puede.

–En tal caso no queréis ayudarme...

–Solo los cobardes ceden sus responsabilidades a su herencia–. Palabras que farfulló el esclavo.

–¡Perdí mi mano izquierda para salvar a esta gente!– gritó el anciano del cuchillo clavando este de nuevo en la mesa, varias astillas salieron volando.

–Lo perdiste durante la cosecha. Lo dejaste en agua fría toda la tarda para luego juguetear con la prostituta esa–, argumentó el viejo de la jarra, aun con esta frente a su cara.

–¿Qué prostituta? ¿Mi mujer?– Mariel se dio la vuelta y le golpeó directa a la cabeza con la jarra llena.

El hombre desdentado cayó inconsciente, de su nuca brotaba lentamente un fluido rojo y espeso. Las chicas corrieron a por una manta con la que llevárselo costosamente escaleras arriba, donde intentarían curarlo, como hacían a menudo. Nadie parecía preocupado, excepto el esclavo que no entendía como se tomaban algo tan brutal, tan dantesco, con normalidad e indiferencia. Sin embargo, a los pocos minutos consiguió habituarse y agregarse de nuevo a la conversación, aunque los ancianos quisieron reservarse sus comentarios. Mariel se ofreció a ocupar el puesto de su marido, aunque primero debía acabar de contar la historia de Gabriel a Hanniah.

–Gabriel quiso acompañarle hasta el calabozo, ya que los primos nos dijeron muchas excusas para evitar vigilar al engendro. Se hablaba de fuertes revueltas en las minas cercanas, los enanos se habían sublevado en el campo de trabajo. Así que decidió otear toda la noche en el fuerte para prevenir cualquier huida. Según nos contó esa noche oyeron fuertes explosiones de las minas, no sabemos como pero entonces el gordo este convenció a Gabriel de que les ayudaría a acabar con los enanos, lo consiguió. Desde aquella noche se convirtieron en grandes amigos, Dante nos visitaba siempre que se iba a por alguna presa hasta el día en el que le ofreció viajar con él. Nunca más hemos vuelto a ver a Gabriel, este hijo de puta–, apuntó a Dante con un índice acusador–, ni siquiera tuvo el valor de traernos el cadáver.

–Quizás sigue vivo. ¿Por qué no explicas que sucedió?– preguntó Hanniah a su hermano.

–Solo puedo decir que desapareció a medio viaje.

–¿Estas insinuando que mi hijo era un cobarde?

–No, solo relato lo sucedido. Él ya no estaba cuando desperté después de la primera noche en el bosque.

La jornada terminó justo después de esa respuesta, una costumbre, una tradición común siempre que terminaban hablando de Gabriel. Todos los parroquianos sabían que ese era exactamente el punto en el que las cíclicas discusiones iban a empezar, y con ellas las rutinarias consecuencias. A partir de esa respuesta la gente abandonó relajada el local, mientras Dante se quedaba con sus compañeros de viaje a merced de la furiosa Mariel, que no soportaba ver que las esquivas intenciones de Dante no fallaban nunca. Afortunadamente para el cazador esa vez la presencia de su hermana le salvó de un trato que hubiese resultado, por lo menos, inmisericorde.

La taberna, haciendo honor a su nombre y a su función básicamente familiar, solo tenía una habitación en el segundo piso, ocupada por el anciano inconsciente; mientras abajo solo había la sala, la cocina y un enorme almacén. Los barriles de cerveza hacían las veces de paredes en todas las ocasiones en las que el gordo había dormido allí y en un rincón apelotonados, varios sacos utilizados para dormir sobre ellos. No era cómodo pero parecía acogedor. Esa noche los tablones que aguantaban la improvisada cama debían demostrar su resistencia frente a los dos colosos que se tumbarían a dormir. El esclavo se conformó sin problema alguno con una alfombra sobre el irregular suelo lleno de tierra y grano, descansaron plácidamente y se levantaron con un fuerte olor a cerveza.

El sirviente ya llevaba un par de horas de pie cuando los hermanos abrieron sus pesados párpados. Estaba enfrascado en el objetivo de ese nuevo día: convencer a los ancianos y estudiar a los candidatos. Dante ya le había contado que siempre trataban de endosarle a los vagos e inútiles, a los que también aceptaba por razones varias. Este ya estaba en el campo observando como trabajaban, para agilizar el proceso pidió ayuda a Hanniah; se negó. Ella estaba siguiendo a un chico que era el ejemplo contrario de Dante. Un chico de ancha espalda y cuerpo muy bien formado, con unas piernas largas pero no delgadas y unas curiosas ojeras tan marcadas como su prematura barba. Mariel adivinó enseguida los intereses de Hanniah respecto a este chico, se lo quería llevar, era una fantasía puramente física. La misma fantasía que movía al resto de chicas que siempre le rodeaban, sonriendo a cada paso que él daba y riéndole las gracias que el trataba de formar con su tosco y escaso vocabulario. Hanniah no pudo escapar a su deseo y se acercó corriendo, apartando a las jóvenes con su estómago. El chico, que se llamaba Arnalo se asustó al verla corriendo hacia él y por primera vez en su vida agarró uno de los instrumentos de arar, lo intentó levantar hasta donde pudo y se puso en posición de defensa; la esperaba nervioso. Se plantó frente a él, parando su monstruoso avance en seco y su boca entonces soltó una gran cantidad de incoherentes palabras sobre más temas de los que ella era capaz de pensar: el estado meteorológico; el grano; lo bonitos que le parecían sus claros y pequeños ojos, temían mostrar su verde color; de lo buena que estaba la cerveza de la taberna; de su ancha y marcada mandíbula; de lo fantásticas que eran esas camareras; de sus labios finos que no amagaban nunca un ápice de su bella sonrisa; de sus brazos fuertes; de sus piernas; de su duro culo, y, finalmente, cuando ella le agarró del paquete y él la empujó, de como maldecía a su madre. El chaval huyó como pudo y la mujer se justificó ante las chicas jurando que esa situación era común para las embarazadas, acto seguido tres de ellas vomitaron nerviosas.

Dante, por su lado, estaba hablando con Drött, un joven depresivo que al parecer ansiaba caer en los brazos de uno de sus familiares cercanos. Llevaba ya un buen rato interrogándole con toda serie de catastróficas preguntas, para ayudarle a despreciar su patética vida. Sin embargo, el asunto se le empezó a escapar de las manos.

–Nunca podré contárselo siquiera.

–Ni tendrás porque hacerlo, piensa en las terribles consecuencias de una relación entre primos hermanos, además no creo que se haya fijado en ti. Es inevitable–. Comentario que sonó como un cántico fúnebre.

–Moriré de amor–, soltó Drött con un aire melodramático mientras su interlocutor pensaba en formas más útiles por las que fallecer.

–¿Crees que le gustarán los chicos valientes?

–No sé siquiera si le gustan los chicos–, la respuesta fue doblemente esperanzadora para Dante.

Fue en aquel preciso instante cuando Arnalo, volando sobre sus pies y mirando a su espalda a la acosadora que había encontrado un caballo sobre el que perseguirle. Pronto el desviar su foco de atención del camino por el cual corría tuvo sus efectos en su destino. Se dio de lleno con Drött, quedando ambos tumbados en el suelo y chillando como cerdos. Hannah saltó del lomo del equino y con una mano levantó a Arnalo, que seguía chillando y sollozaba. Su fuerza y su magistral talento para la tortura la convertían en un ser aterrador, a medio camino entre la amazona y la bruja, eso sí, ella cuidaba su pelo.

–¡Hermano! ¡Tengo un candidato!

–Tenemos dos, y puede que poco tiempo para huir.

–¿Quién nos persigue?

–Una muchedumbre, aunque parecen preocupados por el pura sangre que has dejado libre ahora mismo.

Enfrente de ellos pasaron a toda velocidad medio centenar de chicos y chicas jóvenes, un par de mulas que apenas alcanzaban a trotar y Mariel dando latigazos para acelerar el ritmo. La imagen resultó tan cómica para Dante, como la de la rata, y sacó a relucir su sonora y exagerada risa, era incapaz de contenerla. Hanniah se sorprendió (puesto que solo conocía su expresión de asco) y se enfadó hasta el punto de agarrar una de las palas que habían caído por el suelo y le golpeó con fuerza entre las piernas.

Al despertarse Dante vio de nuevo barrotes y una estancia que empezaba a resultarle demasiado familiar. De fondo podía oír una voz muy dulce, muy melancólica. Una joven elfa estaba sentada a su lado, con una pequeña pieza metálica escondida en su mano. La chica había dibujado en la piedra cientos de formas, figuras, números y letras y de complejas asociaciones que terminaban en una gran espiral. Al ver que Dante se despertaba la chica se puso ante él, se acercó y estuvo jugando con la pieza de metal, se había puesto enfrente para proteger su preciado trabajo. Pero sus piernas quedaron abiertas, con la cabeza del depravado justo en medio, estuvo observando un rato uno de los grandes tesoros de la mujer. Ella no se daba cuenta de las babas que salían de su boca ni del acercamiento que tuvo Dante hacía su vagina; estaba mirando al techo siguiendo el recorrido de alguna de las moscas que revoloteaban en la luz y musitando una serie de números. De repente notó algo totalmente inesperado, una mano fría de gordos dedos buscando tocarla en lugares privados.

Alguien golpeó la puerta de la celda, ambos miraron al mismo lugar. Era Hanniah iracunda, Dante la temía al ver que no se dignó a gritar como haría usualmente; el calor de su rabia se volvió muy perceptible por ambos. Asustados se apartaron el uno del otro y se dirigieron a los rincones de la habitación, allí se mantuvieron muy quietos. La elfa dispuso sus manos tras la espalda y siguió una serie de breves espasmos en sus dedos, parecía que estuviese tocando una guitarra. Hanniah sin darse la vuelta hizo un breve comentario:

–Eres un cerdo...

–Eso no es razonable. Solo es un humano más–, tartamudeó la elfa haciendo formas simples con sus brazos.

–¡Tu eres una puta!– Le contestó a la elfa.

–Esa profesión conlleva pago por sexo. Soldados obligan, no pagan.

–¿¡De que demonios está hablando!? ¿Por qué estás tan tranquilo?

–Creo que es una hechicera. Y estoy tranquilo porque ya estoy acostumbrado a los calabozos. ¿Como te llamas pequeña?

–Linný.

–¿Una elfa de verdad aquí en nuestra tierra?

–¿Crees que proviene de la Isla de Hielo?

–Por supuesto.

–Sol presente en diez fragmentos temporales más–, contestó la chica haciendo dibujos geográficos.

–Nos podría ser útil–, pensó Dante en voz alta.

–¿Para salir de aquí?

–De eso estoy seguro que se encargará otra persona.

–¿Del esclavo? No se porque me extraña, si dependiera de ti iríamos apañados.

Mariel entró golpeando la puerta del calabozo, la seguían dos bárbaros de gran estatura con los pies descalzos y vestidos como era costumbre en los soldados de la élite real. El suelo retumbaba con cada paso que daban y su seriedad se vino abajo al ver a los prisioneros. Al girar por el pasillo apareció el esclavo con una orden en la mano, parecía llevar el sello real. Situación solucionada de nuevo con una falsificación y para aderezar la alegría que Dante era incapaz de expresar era evidente que esos dos soldados formarían parte del grupo.

–Sois libres para cumplir vuestra misión. Cenicienta nos ha ordenado que podréis llevaros a quiénes queráis con vosotros. Eso sí, no permitiré que paséis una noche más en este lugar–,abrió la celda–, los viejos ya están reunidos para hablar con vosotros.

Al llegar a la taberna vieron las ventanas cerradas, la puerta abierta de par en par enseñando la oscuridad de ese interior, parecía expresar a la perfección el sentimiento de sus dueños. Nada mas entrar vieron las mesas vacías, solo la redonda con sus cuatro estatuas humanas que, por una vez, prescindían de sus jarras, el anciano de la jarra ahora se tapaba la cara con una mano. Todos esperaban la llegada del pequeño grupo, sobretodo la de Dante. Cuando se sentó entre ellos notó como todo ese amor que habían guardado durante años se había perdido en una tarde, no podía explicarse que todo se tratara por la pérdida de un caballo de raza.

–Dinos los nombres ya, cuanto antes acabemos con esto mejor, hemos apartado a nuestras familias de este asunto; os querían esperar...– dijo el marido de Mariel con una pose de amenaza.

–Primero, mis disculpas. No creo que fuese para tanto–. Solo le precedió un silencio–. Está bien. Drött.

–Ningún problema–, pronunció el manco.

–Linný.

–La necesitamos, es nuestra protegida–. Alzó el desdentado su voz. Los dos soldados apretaron sus puños.

–Tal como la tratáis, estará mejor con nosotros.

–¿Alguno más?–, asaltó Mariel intentando llamar la atención y frenar las intenciones de Hanniah.

–¡Arnalo!

–¡Eso jamás!– Gritó enfurecido el viejo del machete, que esta vez lo clavó con tanta furia que atravesó la mesa y se lo hundió en la pierna.

Pronto la sala se llenó de gritos de histeria, de nervios y de golpes. Dante, en un último acto de redención sacó el cuchillo de la mesa y ayudó al anciano a tumbarse, le ofreció unas hierbas curativas y las camareras que estaban oteando desde detrás de la barra salieron con una manta, para repetir la acción de llevar a un herido al piso superior. Ante la mirada atónita de todos soltó una lagrima, se dio media vuelta y llamó al esclavo. Este se encargó de hablar con los soldados y agarró a Hanniah del brazo para salir de allí. Esa puerta no volvería a abrirse jamás...

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A partir de ahora ya no colgaré los discos al final de cada post, en el menú lateral los podéis encontrar. Espero que os los descarguéis para disfrutarlos con los textos.

Respecto a lo que he colgado esta vez es la Banda Sonora de "In the Mood for Love" una de las mejores películas de romances imposibles que encontraréis. Os la recomiendo encarecidamente, así como esta música que resulta evocadora y que transmite a la perfección todo lo que el director se propuso con la obra. Puede que resulte algo repetitiva pero cuando uno compone un tema tan bello como el que tiene esta banda sonora, se puede permitir reusarlo cuantas veces sea.
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domingo 28 de septiembre de 2008

Capítulo 2

La historia del gordo cazador en una gran misión en un mundo lógicamente fantasioso

Capítulo 2: La paciencia de una princesa

El volteo orgulloso y elegante de la princesa se acompañaba de algún vocablo interrumpido por una sorpresa desagradable; mantuvo como pudo su parecer distante y frío. Acostumbrada a un mundo de belleza esa aberrante forma apenas humana resultó trabar las palabras de una garganta que jamás falló en el momento de emitir discursos fluidos. Y un fluido de su propio interior fue el que impidió por primera vez usar su entrenada voz. Dante creyó que se estaba ahogando, actuó rápido corriendo escaleras arriba hacia el trono, despojándose de algunas pertenencias. La princesa se aterrorizó y su tos desapareció de golpe, perdiendo toda la humedad de la garganta y ahogándose de verdad. Los súbditos allí presentes tuvieron que ir prestos a parar al gordinflón y a ayudar a la princesa. Muchos rodearon a Dante que con ansia quería socorrer a su majestad, mientras los otros estuvieron ocupados tratando de hacerla respirar. La fuerza de un golpe en la espalda lanzó un enorme gargajo a la cara del cazador. El impacto fue tal que el escozor le hizo perder el equilibrio y cayó, junto a un par de esclavos, escaleras abajo.


A apenas a un par de metros de los escalones le ordenaron inclinarse y hablar con la vista al suelo. Dante acató todas sus órdenes, esperanzado de poder acercarse más si las cumplía. Por fin la voz de la princesa pudo ondear por toda la sala, reflejándose en unas reverberaciones exquisitas. Era un sonido tenue y agudo, con una sensación de madre joven y responsable, como una niñera cantando una nana melosa y melodiosa. Su fragilidad tan dulce asombraba al gordo que puso toda su atención, tanta como podía puesto que creía recoger de esta manera miles de copas de fino cristal a las que no se las podía permitir estallar. Tuvo un efecto tan embriagador que por unos instantes solo hubo un latido fuerte y lánguido en su pecho, algo visible en las gotas de sangre que brotaron por un instante de sus heridas.


–Su presencia nos es un honor mi querido súbdito. Las expectativas de su estancia en este palacio son breves. Su requerimiento únicamente nos afecta en el acto de la negociación.


–¿Negociar? –Cuestión que resultó molesta para la representante de la realeza.


–Por supuesto. Nuestra invitación tenía fines paralelos al de la búsqueda del agradecimiento por su acción justa. La venganza fue un hecho importante para nuestras intenciones. Su labor siempre ha resultado provechosa y altamente satisfactoria. Así que decidimos encomendar –Dante la cortó.


–¿Qué clase de trabajo?


–Nuestro fin, como estaba comentando antes de tan infortunada interrupción, es común. Los consejeros se reunieron tras su heroico trabajo y estudiaron sus múltiples hitos. Su trayectoria es francamente sorprendente. Desde sus inicios como –de nuevo Dante la interrumpió.


–¡Muchas Gracias! –gritó–. Uno siempre hace lo que puede. Me gusta que alguien haga honor a mis esfuerzos.


–Una trayectoria regular y excelente. Digamos que su paso por los mercados de la nobleza nos trajo una ingente cantidad de recomendaciones. Sus cualidades siempre han satisfecho a quienes le han contratado, incluso los más afines a la corona. Quienes ya usaban de nuestra gente para su protección. Su papel en la prevención de revueltas nos sorprendió gratamente –otra vez no pudo terminar su preparado discurso.


–Ya era hora de que reconozcan mi trabajo.


–¡Y por su fantástica carrera! –esta vez la princesa tomó mucho aire para intentar evitar alguna pausa que permitiese a Dante cortar–. Creemos que usted es nuestra oportunidad de llevar a cabo unos planes cuyo éxito es crítico para la casa real. Su presencia por lo tanto resulta obligatoria, una negación sería tenida en cuenta como alta traición lo que evidentemente le llevaría directo a la soga. Por lo tanto su participación ya esta programada, así como sus materiales y la posibilidad de llevarse consigo a quién interese. Sin embargo debo recordar que en caso de negarse los preparativos de su condena están completados.


–En tal caso debo ausentarme ya y así no me niego a aceptar la misión que todavía no me han encomendado.


–Lo siento por usted, pero tal acción también le conduciría a su pronta muerte –,mientras lo comentaba los guardias empezaron a rodear a Dante.


–Sospecho que la misión también me llevara a mi muerte.


–Es bien cierto que el peligro que conlleva a dejado a muchos de nuestros hombres atrás. Además el viaje es complicado puesto que deberá atravesar terrenos aun no controlados por ninguna familia noble. Aunque puedo decirle que la recompensa solo por aceptar la misión será mayor de lo que nunca le han prometido. De hecho es la mayor de todas las recompensas que jamás hayamos ofrecido. Alcanzará suficiente como para olvidarse de su actual vida y de su –la princesa hizo un gesto con gran desdén– físico.


–Si así lo desea entonces tendré que escuchar que tienes para mi. Pero si no me gusta me iré.


–Sus oídos deben de haber recibido muchos golpes, ¿acaso no me ha oído?


–Claro que sí, pero si ambas opciones son mi muerte, prefiero que sea pronto –lo dijo levantándose y dando media vuelta.


–¡Alto! –gritó sin mucho ánimo–. ¡Alto te digo! ¡Debes obedecerme! –seguía gritando cada vez con más fuerza–. ¡Vuelve aquí o llamo a los guardias! –Dante paró en seco y dio media vuelta.


–Deberían haberme arrestado ya, ¿no es cierto?


–¡ALTO! –este último grito retumbó con fiereza en toda la sala y dio a conocer una voz completamente distinta de la princesa, más parecida al grito de una urraca que a la del jilguero con el que creía conversar.


–Está bien. Escucharé las condiciones.


–Eso sería más sensato –la voz seguía siendo la de una urraca que no ha bebido en días.


–Adelante –dijo con suma tranquilidad–. Puede explicar mientras me voy.


–¡APRESADLE! –El grito surgió con tal fuerza que los incisivos le saltaron por los aires, rebotando por las escaleras hasta plantarse a los pies de Dante, quién sin quererlo los aplastó–. ¡Apdesadle! ¡Lo quiedo en el calabossso ahoda!



Los soldados aparecieron por decenas, muchas más de las necesarias para un hombre que esperaba ser arrestado. Aunque en su interior había algo de curiosidad por la misión que nadie más podía hacer. También sufría una lucha que le decía de seguir adelante, disculparse e intentar conseguir la redención de la princesa que había salido corriendo por algún pasillo escondido detrás del trono. Cuando consiguió sacarse a un par de los guardias cambió de opinión y se giró con una gran reverencia. Presentó sus disculpas, disculpas que no llegaron a los oídos a los que debía. Con intencionada ironía uno de los guardas le hizo una reverencia de vuelta y le dio un bofetón para que avanzase hacía el calabozo.


Repitiendo la escena de la mañana Dante andaba entre dos guardas corpulentos e idiotas por unos pasillos oscuros. Aunque esta vez el lugar era distinto, había mucha menos humedad, pero también menos luz, a mitad de camino y a cada diez pasos alguna rendija dejaba entrever pedazos rayados de cielo. Este ambiente le oprimió hasta cambiar por completo su actitud. No se le veía tan estúpido, si no deprimido. El sonido de los grilletes le martirizaba con recuerdos, con imágenes de algunos amigos que no pudieron escapar de un destino cruel. Se cansaba y entristecía a cada empujón que recibía. Y se sumaban miles de culpas y pesares a sus cadenas y por ello tuvo que ser arrastrado hasta su pequeña celda, totalmente envuelta de oscuridad. El suelo era seco y rugoso, sus manos se raspaban al intentar apoyarse para levantarse, sus rodillas se cortaron ligeramente; pero su mente estaba en otro lugar, en un punto recóndito del pasado.


Su ultima noche, tan estúpida como todas las que consideró últimas, tenía un ángel de la guarda que siempre le ayudaba. Sin embargo esta vez no creía salvarse, no había hueco suficiente ni para enviarle aliento para su decaído ánimo. De repente una explosión de remordimientos le hizo perder sus fuerzas, su mandíbula choco contra el suelo mientras sus brazos se acercaron a su cabeza. Querían arrancar tanto dolor de su mente y de su cuerpo, hacer escapar lo que su cabeza contuviese. Era algo imposible; fue entonces cuando, después de mucho tiempo, sus ojos dejaron escapar lágrimas sin avergonzarse, solo para limpiar su alma.


Allí tendido en el suelo empezó un un recital a sonar. Se había hecho de noche ya, nada de luz solar aparecía entre las tristes rendijas del pasillo, solo la luna podría mostrar algo de brillo. Dante creyó estar rodeado de pajaritos, las voces que surgieron de la espesa negrura eran aún más agudas y delicadas que las de la princesa. Diferenció al menos una docena, hasta que todas ellas se unieron en una melodía compartida que le estremeció. Pese a la jovialidad de las voces, a su fragilidad y el precioso y afinado coro que formaba, existía en ellas una tristeza inusual. Parecía el canto a una luz jamás vista, el canto de un ciego que ya no podía soportar más un mundo sin color, el canto de un pájaro que nació enjaulado y que sabe por instinto que existe un mundo afuera. Dante se incorporó, se acerco a los barrotes de su celda, escudriñando de donde provenía ese angelical coro. Cuando sus ojos se acostumbraron lo vio. Una cara de blanca tez, tan blanca como la leche, e incluso más clara. Reflejaba el gris color de una luna llena, y podía ver bien su boca moviéndose junto a la sublime melodía que expresaba. Sus labios eran carnosos y rojizos, incluso la fría luz de la noche no podía disimular el pasional color de sus labios. Su nariz era pequeña, arqueaba en un arco perfectamente circular y terminaba en una pequeña y abultada punta. Sus ojos de pronto se abrieron, desde donde observaba Dante solo se podía ver uno, azulado, brillante. Era como si en su interior se hubiese quedado un pedazo de mar. Era una visión aun más bella que la propia princesa. Entonces el cochambroso hombre entendió algo.


–¿Eres una de esas hadas? –preguntó con curiosidad.


La chica siguió cantando, pero miró hacia donde él se había anclado. Cerró los ojos con una delicadez sublime y de pronto tornó su cabeza hacia él. Siguió cantando mientras la luna mostraba a Dante otra gran cualidad de esa muchacha, sus orejas. Pequeñas y alineadas con su cráneo, una flor entre una mata de pelo rubio, espeso y tan brillante como su piel y sus ojos. Cualquiera hubiera creído muerto ante tal muestra de estar en los cielos. Pero de repente abrió los ojos de nuevo, ahora encarada hacia Dante. Bajo uno de los párpados solo había más oscuridad, una oquedad impropia. Por primera vez tuvo que apartar su mirada por repulsión a algo, y vio otra cara, muy parecida pero con una piel algo pecosa y unos cabellos rojos como los labios de ambas chicas, ambas cantaban juntas. Entonces esta le sonrió con timidez, pudo ver la falta de unos incisivos en su pura y blanca dentadura. Al volver a escudriñar en la oscuridad se encontró con otra cara bajo la luz de la luna, también blanca, también sublime en su belleza pero en cuyos labios había el paso de un cirujano que parecía habérselos llevado. Se dio cuenta al fin de la verdad. Estaban allí prisioneras las musas del norte, las doce mujeres más famosas de entre las leyendas de su país. Sin embargo a todas ellas les faltaba alguna marca de su belleza, alguna parte de su delicado y esbelto cuerpo o de su aniñada cara. Ellas pese a verle nervioso y sollozando siguieron cantando, cambiando de canción.


En la luz de la luna
en las gotas del aire
una vívida “flaire”
ahora mece la cuna.
Se acerca ahogándose
una muchacha asombrada
"ayudarme"
se fue al fin aterrada
"ayudarme"

siguió ahogándose.
Cantamos todas una nana
la vigilamos en sus sueños
hasta la luz de la mañana
con el sol en los cielos.
En calma estuvo días
en cama estuvo días
en mis brazos días
en mis ojos nada
se desvaneció con un beso
sus deseos cumplidos
ahora solo pedían
"recordarme"

sus ojos se tornaron azules
su tez blanca
sus labios carnosos
su nariz arqueada
su pelo brillaba...


–La he visto... –les contó, aunque ellas siguieron catando.


Cegadas quedamos
juventud ansiaba


–¿Por qué?

"recordarme"

ahora ya no cantamos
ahora lamentamos
como pájaros enjaulados...


Un grupo de guardias hizo acto de presencia. Se oían sus botas que hacían vibrar el suelo, andaban con prisa hacia la chica del ojo azul. Abrieron su puerta y se la llevaron sin que ella se opusiera. Todas las demás dejaron de cantar y se alejaron de los rayos de luna. El silencio se apoderó del lugar, provocando la desesperación de Dante. Pasó toda la noche en un rincón sollozando como un niño.


–¡Levántate!


Dante dio un pequeño salto. Sobresaltado al ver a los guardias abriendo la puerta se puso en pie y se apartó. Los soldados entraron y le pusieron los grilletes, se lo llevaron mientras en las camas adivinaba las formas de las musas, sin embargo no encontraba a la de los ojos azules que tan cerca parecía estar esa noche. Por mucho que miró hacia ambos lados no la vio. Triste agachó la cabeza y arrastró sus pies, cual niño al que no le compran los juguetes que quería. Sin darse cuenta se encontraba ante el trono, pero no osó mirarlo. Solo se mantuvo cabizbajo esperando la orden de ser ejecutado.


–Quitarle los grilletes –ordenó.


Dante se quedó perplejo, no se creía lo que sucedía. Miró hacia el trono y pudo reconocer los labios de la princesa, los que perdió en el día anterior. E incluso pudo atisbar los dientes que él mismo había destrozado con sus botas. Pero lo peor vino cuando reconoció la diferencia entre sus ojos, y pudo ver en uno de ellos aquel mar incansable que reflejaba toda luz.


–Tiene influencias poderosas. Nos convencieron para perdonarle la vida siempre que acepte nuestra misión.


–Adelante...


–Supongo que conoce la historia de los hermanos Kazham.


–Eso no es posible.


–Queremos que acabe con los incidentes que crean y que nos traiga su piel. La recompensa será de un millón de monedas de oro. Tendrá el transporte que necesite y las armas que pida.


–¿Quién os ha convencido?


–No acabes con mi paciencia otra vez. No quiero tener que perder mi estatus y mi presencia. Dinos quién irá contigo.


–El esclavo que trajo el cuerpo y piel del orco.


–Tenemos a gente mejor preparada para su trabajo.


–No me importa, se que ha sido él de nuevo quien me ha sacado del apuro. ¿Miento acaso?


–Un esclavo nunca tendrá influencia suficiente para cambiar nuestra opinión. Aun así deberías sentirte afortunado por el día de hoy. Puesto que esta misma tarde tendremos los caballos preparados para su partida. Talicap entera saldrá a las calles para aclamar al bravo que quiere acabar con el terror de los hermanos Kazham –. Su cara se iluminó pensando en el futuro sufrimiento de quién le hizo perder los estribos.


Dante recuperó todas sus pertenencias y fue conducido hasta la puerta de palacio donde se encontró con su esclavo y con un viejo amigo. El hijo mayor de Hanniah estaba esperándole con un escudo y con su madre en vez de una útil espada. Esta le dio un bofetón a Dante. El hijo soltó el escudo y empezó a discutir con su madre, el esclavo harto de tan estúpida gente se iba pero Dante le paró enseñándole la orden de la casa real para que le acompañase en su difícil trayecto. El esclavo entonces le dio un puñetazo, separo a Hanniah y a su hijo y se fue a ensillar los caballos que se encontraban en manos de los guardias que habían llevado a Dante hasta la puerta.

CONTINUARA

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Espero que hayáis disfrutado de este capítulo. Se que es algo largo. Por cierto, necesito ayuda con el diseño, si alguien sabe como hacer en el blogger que de una entrada se vea solo un párrafo a menos que aprietes que me lo cuente, si no quizás haré un "linkblog" solo dedicado a contener los primeros párrafos y links a las entradas completas.

Ahora os pongo como prometí la música de esta entrada. Esta vez una obra maestra de la música clásica. La sexta simfonía de Tchaikovsky, también conocida como la "Pathétique", que en realidad significa la apasionada. Es una simfonia de cuatro movimientos, algo usual pero no tan usual en su forma. El primer movimiento es una amalgama de lo que se nos mostrará más tarde, a quienes no escuchéis música clásica os resultara suficiente variado como para quedarse enganchado.

El segundo movimiento es curioso, puesto que tiene un ritmo y una estructura más propia de un vals. Con este Tchaikovsky nos quiere hablar del amor, del juego del amor y lo consigue. Es una pieza muy lírica y juguetona. Además no tiene precio oir tantos violines pinzados.

El tercer movimiento es, supuestamente, una alegoria a las decepciones y a la frustración. Irrumpe desde el principio con una cierta fuerza y con una forma que puede recordar por momentos a una marcha militar o a las obras que acompañan escenas de conflictos. Es muy enérgica y la verdad es que su final es impresionante. Con una entrada completa de la orquestra y la percusión. Es típico que muchas veces después de esta la gente crea que se ha acabado la obra, por la costumbre de terminar una simfonía con el gran final.

El cuarto movimiento es realmente el más bello, su romanticismo te atrae y te lleva a un mundo de una cierta tristeza en el que aquello que tanto amas parece desvanecerse poco a poco. Es un final que imita al ultimo aliento de alguna vida, perdiendo fuerza hasta que ya apenas se oye más que el silencio de la muerte.

En el mismo disco también esta una suite de la obra de Romeo y Julieta, muy buena pero para la que no me voy a extender más.
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sábado 30 de agosto de 2008

Capítulo1

La historia del gordo cazador en una gran misión en un mundo lógicamente fantasioso

Capítulo 1: Accidentado viaje por la capital al encuentro con la princesa del reino

Ya habían avanzado un buen trecho dejando atrás las ruinosas casas de su pequeño pueblo, las plantaciones poco provechosas de las afueras de la capital y las primeras construcciones de gran tamaño que vigilaban; aunque más bien intimidaban, a los extranjeros. Delante de los caballos la gente se apartaba gritando y maldiciendo a los poderosos, inconscientes de la humildad de quién se trasladaba, se empujaban sin cuidado y maltrataban a cualquier atisbo de dignidad que los esclavos pudiesen sentir. Los látigos eran tan comunes como en el invierno los abrigos, artefactos al alcance de cualquier persona y suministrados como producto de primera necesidad. Dante harto del espectáculo se cansó de ver como el conductor castigaba más al esclavo que acarreaba con el cadáver del orco que a los gordos caballos que tras tan breve viaje ya desfallecían, así convenció al conductor por dejarle dos de los cuatro caballos para ir más deprisa. El conductor contento de la paga extra que recibía le indicó como desenganchar a los equinos y se fue orgulloso del inmerecido dinero que llevaría a su hogar. Mientras tanto Dante acercó uno de los caballos al exhausto esclavo que tardó varios minutos en asimilar el generoso acto de su nuevo amo. Sin mediar palabra subió la bolsa de piel al lomo del caballo y siguió andando mirando enfrente pero con la cabeza baja. Así atravesaron la primera maraña de callejuelas y mercados que inundaban las afueras, hasta adentrarse en la zona más adinerada donde apenas se movía algo más que el aire.


De repente un niño se cruzó delante de los caballos, la sorpresa hizo caer a Dante. El chico se plantó ante ellos y retiró su rubia cabellera, brillante a causa de algún tratamiento de exposición mágica al que se la sometían, para así mostrar sus puntiagudas y alargadas orejas. Acto seguido agarró la ballesta que tenía en la espalda y apuntó a Dante. Recogió una de las flechas que debía usar para su entrenamiento como noble y la colocó con suma calma; para cuando estuvo apunto de apretar el gatillo Dante le dio con la fusta al caballo que por poco arroyó al niño. El disparo acabó en el saco del cuerpo sin vida. Contento Dante con las lagrimas conseguidas le enseñó el cadáver despellejado y le dijo:

–¡Al final acertaste en el orco!

El chaval salió corriendo y se dirigió hacia los que parecieran sus padres, dos entes cuya altura sobrepasaba lo saludable en un ser humano. Evidente resultaba su nivel económico, siendo seguramente parte de la corte real. Cuando se acercaron el esclavo ni siquiera se apartó, por lo que recibió un empujón que le lanzó unos metros atrás en el suelo. Dante se mantuvo firme, clavado en el suelo, y tratando de mostrar su cara más amable intentó dar explicación a lo ocurrido; pero solo se le ocurrió que el caballo, que estaba en sus últimos días, se había vuelto intratable. Evidentemente la excusa fue insuficiente y recibió un gran reproche, siendo avisada la guardia de la llegada de un orco; sin embargo la autoridad fue más comprensiva al explicarles su encuentro. Para evitar más problemas le enviaron por algunos callejones y así evitar confusiones.
Afortunadamente para el cazador las estrechas calles que se encontraban con la avenida estaban bien construidas, rectilíneas y dirigidas hacia el enorme circulo que formaban los grandes muros del palacio real. Así que evitando a la gente pudo seguir dirigiéndose a su objetivo. Tardaron solo un par de horas ya que Dante convenció al callado esclavo a subir al caballo también. Cuando dieron con la monstruosa construcción de piedra se quedaron ambos embobados intentando asimilar la altura desde la que estaban vigilados. Fue entonces cuando Dante se fijó en el brillo que recubría toda la estructura y recordó las historias de su madre, de la muerte de su madre.

Durante años la madre de Dante trató de infiltrarse en el palacio, convencida de tener aún posibilidades de formar parte de la corte o de robarle el trono a Cenicienta. Durante los primeros años la nueva reina vivió atemorizada por cada una de las visitas que hacía su hermanastra; algunas de las cuales terminaron en las puertas de la habitación de la monarca. En una ocasión los pelos de su majestad fueron arrancados de cuajo, siendo en ese momento cuando se mandó construir el muro. Pero incluso tan magna obra no sirvió para evitar que la loca, que siempre conseguía escapar de los calabozos, entrara en palacio en busca de su ansiado trono. Hasta el día en el que el rey muriera a manos de la loca y Cenicienta exigiera a todos los magos del reino vigilar con su don los muros para siempre. Después de aquello la madre de Dante desapareció para siempre.

Conocedor como era de tal historia decidió comprobar como murió su madre. Así que a su alrededor buscó cualquier animal que pudiese lanzar a la encantada piedra. No pudo retener a una paloma en sus manos, ni quedarse con algo más que con la cola de un lagarto pero pronto halló a la perfecta cobaya. De un enorme barril salían las patas de una enorme rata. Tal era el sobrepeso del roedor que las maderas estallaron y los aros de metal salieron volando unos metros arriba. Dante, generoso al fin con una sonrisa de verdad, corrió hasta la obesa criatura y la arrastró cerca del muro. Entonces de un empujón la lanzó hacia este. El espectáculo fue sobrecogedor, como unos grandes fuegos artificiales en los cuales se mezclaban, colores, formas, fuego, mucho fuego y el humo con el que cualquier resto se esfumó.

Dante empezó a reír sin inhibiciones, siendo audible desde varias manzanas de distancia y provocando la curiosidad de algunas personas que desde las ventanas ojeaban y cotilleaban. Las carcajadas se sucedieron durante varios minutos, en los cuales fue la persona más feliz pensando en el fallecimiento de su madre. La risa fue tan exagerada que el esclavo se fue de su lado avergonzado y la autoridad de nuevo fue llamada.

– ¿Otra vez tú?– preguntaron sin obtener respuesta alguna, solo otra oleada de carcajadas–. Te exigimos no llamar la atención.

La risotada siguió y los soldados aumentaron el volumen hasta gritar. La escena era ensordecedora y acabó con los soldados dándole un bofetazo. Las risas finalmente desaparecieron y le agarraron de los brazos. Dante que aun tenía alguna convulsión al pensar en el espectáculo que debió formar su amada madre no se sostenía en pie y se sentó como pudo en un rincón. Los dos hombres que ahora lo vigilaban estaban discutiendo que hacer con él. Entonces Dante vió sus caras y se dió cuenta de que eran bárbaros, con sus pequeñas frentes, sus enormes mandíbulas, sus ojos bizcos y ese cuello de la anchura de los caballos tan común en esta raza. No pudo evitarlo y de nuevo se rió jocoso pero devolviendo a su faz la expresión de repugnancia usual.

– ¿Por qué nos miras así? ¿Acaso crees que somos idiotas?

– ¡Por supuesto que no!

– ¿De que ríes si no? Si encima nos miras mal.

– En realidad esto es mi cara normalmente...

– Nos tomas por idiotas, ¿no? ¡Al calabozo!

– ¡No podéis encerrarme! Tengo que hablar con la princesa.

– Le podrás mandar una rata con un mensaje–, miró a su compañero y le preguntó–, ¿lo pillas? ¡Qué gracioso soy!

– Deberías ser el bufón real– lanzó Dante con ironía.

– ¡Tienes razón! Allí junto a la bella hija de Cenicienta podría hacerla reír y seguramente llevármela a la cama.

– ¡Estoy de acuerdo! Seguro que le gustan los hombres altos y musculados como tú y además gracioso– intervino el cazador intentando embaucarlos–. Te sería muy fácil.

– Pero que simpático eres, que pena meterte entre rejas.

El plan del cazador falló, como ocurría normalmente, así que estuvo en el calabozo esperando la llegada de una solución celestial; aunque la terrenal resultó ser la útil. El esclavo pareció espabilarse más que su dueño al conseguir una orden oficial de la princesa que garantizaba su libertad y les obligaba a llevarle ante ella. Los dos guardias lo hicieron no sin antes comprobar el decreto. Parecía verdadero, aunque el esclavo confesó a Dante más tarde de que se trataba de una simple copia. El gordo preguntó si ya tenía experiencia con las falsificaciones o con la nobleza, cuestión que no obtuvo respuesta alguna pese a estar todo el camino insistiendo sin parar. Finalmente las puertas del muro, y cuando me refiero a las puertas en plural es porque así era. Habían cuatro clases de apertura; la usual, la de cortina, la de puente levadizo y una cuyos engranajes la hacían desaparecer tras la pared. Toda una demostración de grandeza y seguridad que mantuvo a Dante con la boca abierta, al menos hasta donde las magulladuras lo permitían. Y aún se asombró más al ver los jardines. Arboles bajos cuyas ramas habían sido obligadas a crecer en una horizontal perfecta, permitiendo usarse como bancos a su propia sombra; los arbustos cortados de tal manera que el mecer del viento los hacía parecer vivos; los animales de todo tipo que allí se encontraban, desde las hadas hasta los pegasos, y las vestimentas de la gente que los visitaba, llenos de brillantes y de maravillosas figuras. Se fijó en una sensual mujer desde cuyo cuello caían a trizas una decena de telas de vibrantes colores, que flotaban siempre cerca de su piel, formando una esplendorosa figura que huyó nada más ver el monstruo que le observaba. La claridad del lugar provenía de los reflejos que sus fuentes, los ropajes, las joyas y algunos animales; destellaban como un millar de estrellas en un cielo verde y azul. Si sus lacrimales hubiesen estado en mejor estado, Dante hubiese llorado de emoción; en su lugar solo pudo apretar sus nerviosos e hinchados labios.

El camino por el que avanzaban hacía un curioso zigzag, que obligaba a admirar todo el entorno y a estremecerse. Durante el recorrido los animales se pusieron nervioso, como si conociesen el oficio del hombre y como si oliesen la putrefacción del cadáver que acarreaba su esclavo por el pasaje de servicio. Corrían, se enfrentaban a los guardias, que por ahí andaban desnudos mostrando en cada movimiento la fuerza de su cuerpo; quizás Dante tuvo razón al bromear que los bárbaros fuesen del gusto de la reina. Todo el lugar rebosaba de una fragancia inigualable, como estar soñando encima de un millar de flores de azahar y sobre una almohada de pétalos de tantas flores que nadie podría aprenderse todos sus nombres. El cúmulo de sensaciones era tal que una persona más abierta hubiese enloquecido.

Al final del bagaje llegó a las puertas de la sala del trono, majestuosas llenas de hiedra y de vida, como si las formas de metal se movieran gracias a la planta. Por un segundo se repensó pedir que las abrieran, pues no quería perderse un ápice de tanta belleza; pero la impaciencia de los esclavos le negó tal placer aunque le enfrentó a otro. Al de la inmensa sala de blanco mármol, dentro de cual la luz se repartía tan uniformemente que en todo momento uno pensaba estar en una pintura. Sin duda alguna los muros verdaderamente protegían algo, algo que valía la pena aunque fuese físico...

Se acercó al trono donde la princesa esperaba, rodeada de frutas maduras y de copas de delicioso contenido, o eso era capaz de olfatear la nariz de Dante. Avistó una melena rubia, la famosa; nada de lo contado hacía justicia a la suavidad que se adivinaba en la distancia. Al girar la cabeza pudo admirar los grises ojos de la princesa, la curva de su pequeña nariz, la delicadez de sus mejillas, la viveza de sus labios; era como un milagro de la naturaleza. Y pronto pudo oír su voz...

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Espero que os guste este primer capítulo introductorio al mundo al que pertenece Dante. Se que me he retrasado mucho, pero esta vez puedo prometer que la próxima no se demorará tanto. ;)
Como regalo por el retraso os pongo un disco en descarga directa, Sigur Rós ( ); que significa que no tiene título alguno, igual que las canciones. Si os gusta pasad los links a más gente que lo bueno hay que compartirlo. :D
Disfrutad de esta fantástica música, a solas y a oscuras o en momentos tranquilos. Es lo más intimista que encontraréis y en parte triste, así que espero que te inspire Arki :P.

PD: Hay un visor de fotos, si clicáis encima os llevara a Flickr donde las podreis visualizar bien y descargároslas. Abajo hay un mapa con los países que he visitado y como siempre links a la izquierda a blogs tan interesantes como los de Katy o Arki. Más adelante añadiré otros detalles.
PD2: "Pensaré en ti cuando mire las estrellas". No se cuando dejaré de suspirar pensando en esta frase. De lo mejor que he oido nunca jeje.
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martes 15 de julio de 2008

Prólogo

La historia del gordo cazador en una gran misión en un mundo lógicamente fantasioso

Prólogo:La llegada a su hogar con las hermanas cuyo principal valor es acostarse con gente rica

Dante estaba exhausto en su camino de vuelta a casa, arrastrando sin ganas una dura piel a modo de bolsa que había soportado sin romperse un día de viaje. No pudo venderla antes y se la tuvo que llevar para guardarla, esperando que el montón de carne con sal de dentro aguantase lo suficiente. No fue una caza difícil ni una dura presa pero como siempre esperaba venderla lo más rápido posible y no tuvo oportunidad alguna ya que su comerciante habitual había muerto por culpa de algún monstruo que cruzó el camino. Nadie prestaba atención a lo peligrosa que era la vida de los viajeros y comerciantes por esos lares.


Primero se tomó su tiempo ante la entrada, inspirando tanto aire como pudiese. Ya que el castigo injusto que le esperaba le hacía pensar en relajarse hasta frenar su corazón. Y aunque esa pausa no sirviese de nada aletargó el tiempo que quiso para gozar de cada diminuta fracción de aliento que pudiese guardar a sus adentros hasta la siguiente cacería en la que abandonaría ese infierno. Y, al fin tuvo valor de llamar a la puerta y rápidamente Shann, una de las niñas de siete años, abrió la puerta:


- Ha vuelto! – gritó la chica con un insoportable y agudo tono de voz.


En un instante, antes de parpadear, el vestíbulo fue recorrido por una marabunta que apareció de todos los rincones (incluyendo de la batería de cocina) y que llenaron con su presencia la mitad del piso. Todos ellos se quedaron atónitos admirándole como si fuese una aparición o una marioneta del héroe del momento. Ante tan inesperada imagen Dante se unió a la infección de la expresión atónita mostrando, quizás por primera vez en su vida, un gesto distinto al de asco, podía escudriñarse algo de sorpresa al haber forzado los dormidos músculos de su arrugada cara. Era un acontecimiento que guardaría para siempre en su memoria, no hubo necesidad de agarrar fuerte el escudo, de esconderse tras la puerta o de despertar a sus malhumoradas hermanas, estaba frente a esa pequeña plaga de sabandijas sin recibir ningún tipo de dolor al que los chicos llamaran “juego”. La respuesta al “por qué” de tan curiosa situación llegó tranquilamente por las escaleras, con un camisón que permitía entrever sus cualidades de mujer y la nada inesperada afección, o así lo llamaba Dante, del embarazo, era su hermana Hanniah.


- Nuestro héroe ha regresando demostrando su valía –dicho esto cualquiera sospecharía, pues no era desde luego la típica actitud de Hanniah. –Es un honor recibirle como se merece –dijo apuntando a la mesa, que estaba tan llena de comida que se doblaba emitiendo un gruñido de queja.


- ¿Qué ha ocurrido? –preguntó Dante incrédulo ante tal milagro.


- ¿No lo ves? Te hemos preparado este recibimiento, gordo inútil–. Esta ya era la hermana a la que conocía.


- Claro que lo veo… pero, ¿por qué?


- ¡Eres un puto héroe! –Acto seguido dejó la huella de su mano en la cara de su hermano. – Eso que llevas ahí –comentó señalando a la bolsa de piel, –es responsable de la muerte de nuestro rey.


- ¡Eso es imposible! Si fue una caza muy fácil–. Estuvo apunto de recibir otro tortazo cuando el hijo mayor apareció agarrándole el brazo a una de sus siete madres.


- Deja que lo asimile–, argumentó sin soltarle el brazo.


- Es estúpido. Fíjate toda esa comida ha llegado a la mesa gracias al dinero de la mitad de la recompensa de la reina, estaban esperando la otra mitad con la llegada de la mierda esa que guardas. ¿Acaso no quieres que tus hermanas se codeen con la nobleza como se merecen?– Esta soberbia era característica de las siete.


- Entonces como quieras. Si puedo saborear estas riquezas– añadió pensando en la posibilidad de escapar de ese lugar.


- No creo que los niños te dejen mucho.


Pero no fue como ella pensó, esa noche comió tanto como debió comer a lo largo de su vida al completo. Los niños se quedaron en la mesa asaltándole con preguntas sobre su hazaña y sin darse cuenta de si les quitaba algún muslo que ya tenían en la boca o un plato que se habían servido. Estaban tan concentrados en escucharle que poco les importaba rellenar su extrema delgadez. Veintiún niños que más tarde le acompañaron a la cama a seguir estudiando las cualidades, si las tenía, de ese tío suyo que ahora era famoso tras su común vuelta. A él no le importó que le vieran acostándose ni que las dos adolescentes, Yin hija de Hanniah y Monsa hija de Berda la “piernas anchas”, trataran de unirse a él, imitando el comportamiento de sus madres con los nobles. Mientras tanto los más pequeños se fueron al almacén donde entre la comida guardó la horrible presa despellejada, apenas se acercaran a ella chillaban y corrían como locos jugueteando y armando jaleo. El ruido de los más jóvenes no afectó su tranquilo y reconfortante sueño.


Fue la primera noche que dejó de recordar a su madre y su historia. Ella fue hermanastra de la actual reina que no la aceptó entre la corte por el vejatorio trato que entre sus hermanastras y su madrastra mantuvieron contra Cenicienta hasta la boda con el príncipe. Su madre fue la única de esa pequeña familia que no se suicidó tras la gran pérdida, no tuvo valor, solo se dedicó a pasear cual hiena en celo por palacios y mansiones en busca de duques, príncipes, barones y otras especies de bichos inhumanos para hacerse rica. Pero solo consiguió que embarazo tras embarazo sus parejas la abandonaran a su suerte, evidentemente murió al contraer la gonorrea, la sífilis y alguna enfermedad mágico-vaginal dejando a Dante con sus siete hermanas que nunca aprendieron de los errores de su madre. Al contrario, ellas siguen sus frustrados pasos de prostitución de lujo y de maternidad. En vez de tan estúpido pasado solo pensó en una casa alejada del resto del mundo, donde escuchar solo el silencio.


Sin embargo sus hermanas y el vívido sol de la mañana no permitieron que la ensoñación durase más de un par de horas. Las siete estaban rodeándole para cambiar su desastroso aspecto. Hanniah tan bruta como siempre le desnudó en un instante, rompiendo parte de la ropa. La última idea que sucedió en ese momento por la cabeza de esas mujeres fue la del incesto, pues era uno de los cuerpos más extraños y feos que alguien pudiese imaginar. Todas sus extremidades parecían provenir de una enorme esfera que en esencia era su hinchada barriga en su corto torso, un par de largas y delgadas piernas llenas de tanto vello que a una cierta distancia se le confundirían por unos pantalones; peor eran sus brazos, muy robustos pero cortos que apenas alcanzaban la cintura pese a sus caídos hombros, y eso por no hablar de su corto y ancho cuello que terminaba en una cabeza alargada y estrecha con un gesto de asco planchado en la superficie de su cara y multitud de arrugas visibles incluso en las ondas de su corto pelo. El reto que suponía transformar a tan horroroso hombre en una persona decente a la que se admitiera su paso al palacio sin temer a la lepra era algo con lo que las hermanas lidiaron a lo largo de todo el día.


Hanniah mostrando su habitual comportamiento le llevó de un solo empujón hasta la improvisada bañera que montaron en la habitación continua, para Dante toda una tortura, sobretodo teniendo en cuenta que estaba vacía. Los niños fueron los encargados de llevar el agua para lavarle, para desgracia del hombre alternaron entre la más gélida del pozo y la hirviente de la cocina, provocando más de un chillido y de un sollozo, superior al de la ocasión en el que hubo cuatro partos conjuntos en la casa. Al terminar su baño se inició la peor parte, el falseamiento de su apariencia. Mientras una limaba las uñas como podía otra preparaba unos guantes de cuero apretados para disimular sus salchichónicos dedos, otra le colocaba una peluca que abultaba su estrecha cabeza, Hanniah mandaba a las demás para apretar con fuerza una faja que no llegaría a disminuir ni una cuarta parte de la barriga, al final entre todas consiguieron que su pequeño y deforme hermano pareciese un orangután de circo maquillado y disfrazado como un noble normal, algo que a todas luces era… un triunfo.


Ya preparado para visitar a la princesa sus hermanas encargaron un carromato y cuando vieron que iba a acarrear con el cadáver Hanniah, como hacía habitualmente, le endiñó un puñetazo que provocó que se rompiese la faja, sin colocarla y mandando a un esclavo vecino a llevar los restos del ogro ya pudo ir a ver a la reina…

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A ver que os parece esta hitoria, por cierto si a alguien se le ocurre nombre... es libre de decirlo, a mi me da igual, en realidad estos títulos estúpidos me gustan. Son... KAWAII
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lunes 25 de junio de 2007

Teaser

La historia del gordo cazador en una gran misión en un mundo lógicamente fantasioso

TEASER CAPITULO 5 PA JODER!

Los gallos no cantaron, estaban cansados todavía y se escondían de los rayos de sol, el resto de aves se escabullía volando de la zona; el fortín vivió toda la noche en un constante murmullo de quejas y de guardias que de un lado a otro vigilaban toda la cerca, y la gran causa de todo ello el irritante e intermitente cuerno de los centauros. Solo siete personas en el interior fortín consiguieron dormir plácidamente: los cinco presos de los calabozos totalmente incomunicados con el exterior y los dos hermanos, Dante y Hanniah. El gordo parecía haber sido depositado sobre la barra de la taberna. El taburete bajo su enorme trasero se balanceaba continuamente, puesto que el respirar hinchaba su barriga y esta ejercía presión contra el mueble del bar. Los ronquidos no eran molestia para el dueño que por la ventana discutía de la situación con sus vecinos. Hanniah en cambio estaba en una de las habitaciones de la única construcción de piedra del lugar, había convencido al esclavo para hablar con el dirigente y que permitiera que la pobre mujer embarazada descansara tras el secuestro en sus aposentos. La cínica mujer reposó como jamás lo había hecho, porque pese que había catado alguna de esas camas de pluma de oca nunca tuvo la oportunidad de dormir en ellas. El tacto de las sábanas era tan suave, la forma en que se hundía que le hacía sentirse como una fresa en un pastel de nata, todo contribuyendo a su perfecto sueño.

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